| Jaramillo Hinostroza Víctor Raúl |
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Loja, 1939 - Quito 1993 Emprende en el arte pictórico por conocimientos autodidácticos, y por las constantes motivaciones visuales que recibió de las Obras de Guayasamín, Almeida y Catasse, de quien fue su marchand por los años setentas en los que estuvo radicado en Quito hasta su fallecimiento. En 1979, enfermo en su casa, aislado de sus negocios habituales sin ingresos económicos y con deudas, decide entrar «a una aventura sin retorno... » Como fue para él la pintura. Con sus escasos recursos compra cartulina y una caja de pinturas, para probar y ver qué resultado podría obtener. Aunque ya tenía idea generalizada de la plástica por haber frecuentado talleres de los maestros antes citados, y por su convencimiento de poseer habilidades innatas y gusto estético, se encamina a la alquimia de la mezcla de su propia técnica con los lápices de cera y aceite, a la que la denominó «CERICEITE»; como era obvio sus primeras obras le resultaron similares a la de los maestros citados, por lo que no convencido, en un momento dado decide quemarlos y se propone encontrarse así mismo. Desde entonces se ha dedicado a pintar incansablemente paisajes ecuatorianos y latinoamericanos, que con resultados asombrosos ha ido madurando y transcendiendo su obra a través de numerosas exposiciones realizadas a lo largo del Ecuador, Costa Rica, Panamá, Venezuela, entre otros La obra paisajística de Vrajahin se encuentra en el simbolismo con toques surrealistas, de esfumados logrados y de perspectivas alejadas. Con su miniatura el artista ya va dando pasos adelantados porque le permite vivir del arte y dialogar con su público. Cuyas obras denotan grandes profundidades y límpidas atmósferas de transparencia coloridas neblinosos celajes de azules horizontes. Sus montañas encrucijadas parecen bordear como amplios paredones que se abren con venturosos caminos y celestiales follajes de montes y árboles abrumados por la lejanía absoluta. En su obra de mayor formato se emerge en la constante plasmación de Quito panorámico de una personalidad muy propia de extraños coloridos, con ciertos magicismos de esplendorosos soles y atardeceres crepusculares. En otros paisajes serraniegos y andinos expresa así mismo con gran ternura de búsqueda de horizontes visuales, como denunciando el vacío de una ecología nostálgica y asocegada por grandes soles que sorprenden y extrañan. Por lo general en su obra observamos un dominio en el paisaje y una magistral composición de amplios espacios, logrados con una sencillez absoluta; agregando a todo esto la caracterización de la luz y el color, en el que con sabia apreciación se argumenta en la más amplia gama cromática, de coloridos apastelados que parecen nacer del oro puro, atardeceres entre bosques encendidos y esfumadas montañas. Fuente: Artes Plásticas del Siglo XX en Loja de Ángel Braulio Aguilar M. |
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