| La Diáspora |
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El celicano, se mueve, nos movimos siempre: se encontró presente en las más arraigadas aventuras de Sebastián de Benalcázar, de Salinas, de los Vaca de la Vega y Vaca de la Cadena; así se fue fraguando nuestro carácter férreo, nuestro temple y disposición para la aventura. Ya desde la colonia el Chazo celicano se movió, nos movemos siempre, recorrimos los duros caminos del desierto peruano. En la independencia, dimos fuertes núcleos de jóvenes celicanos para que marchen bravamente junto a los ejércitos de Bolívar, comandados por el Gral. Antonio José de Sucre, en su última estación por la Libertad de Nuestra América: Ayacucho. El celicano se mueve: hizo interminables jornadas por los bosques de cascarilla. Ya avanzado el siglo XIX, lo encontramos cultivando las primeras plantaciones de cacao, sumando su esfuerzo al de los bravos montubios en el empeño por convertirnos en país bananero, o en las difíciles zonas petroleras. Primeros siempre en el esfuerzo colonizador de la amazonía: ¡moviéndonos, esforzándonos! Hombre que abandona con dolor su querencia, pero que no se deja morir y aplastar por una naturaleza agreste y avara; el chazo celicano está en todos los rincones de la geografía nacional arrancando de la tierra, a golpe de tesón e iniciativa, los frutos para el granero agrario de Loja y del Ecuador. Cada día nace en el Ecuador un nuevo pueblo y, de los habitantes de ese pueblo, el 80% provienen de Celica. Siempre fue así; mas, en estos días el éxodo se produce, en un proceso como de reflujo, hacia Europa, hacia la "madre patria" especialmente, en busca del pan siempre escaso. Cuando se trata de explicar el pronunciado afán de hacer caminos del celicano, los manidos argumentos del aislamiento, de la pobreza, de la pobreza, de la sequía, que son los que se repiten con más frecuencia, ¡no bastan! hay toda una gama de elementos heredados y étnicos en juego que no pueden desestimarse. No es sólo el afán de irse a vivir mejor, el afán de ganar dinero los que alejan al celicano de su tierra celicana. Esa motivación es válida, pero no la más relevante: el gamonalismo y la geofagia de los terratenientes es la razón de irse y, esa razón es válida en ese momento histórico, pero no la única: En el fondo hay el deseo medio inconciente de ver, de conocer de entender la vida, Hay toda una tradición migratoria que se remonta hondo en la heredad: una especie de aversión a estar quietos. Al moverse, como que el celicano encuentra su razón de ser: cuando Santo Domingo de los Colorados se abrió a la colonización fue un grupo de intrépidos celicanos el que primero se estableció y, a costa de grandes esfuerzos, fue construyendo sus fincas, edificando sus viviendas e implantando los primeros cultivos y ganaderías en esa rica y feraz zona de la Patria. Pero más tarde, cuando el petróleo, ya fue descubierto y se requería del sacrificio y el aporte de nuevos brazos, fueron muchos de los mismos pioneros, ya convertidos en prósperos agricultores y con una solvencia económica suficiente, los que emprendieron nueva aventura colonizadora y fueron los que construyeron la Nueva Loja en el oriente y la Cooperativa Celica en el suroccidente de la Provincia de Pichincha. Dejaron la tranquilidad de las tierras colonizadas a costa de inmensos sacrificios y se marcharon a emprender una nueva aventura productiva en áreas petroleras: después, cientos y cientos de jóvenes campesinos celicanos fueron a establecerse en esas nuevas fronteras de colonización. ¡Cuánto han contribuido a hacer la Patria Grande, las sacrificadas migraciones de celicanos, hombres y mujeres, por la Selva Amazónica!. Los migrantes se fueron de aquí con un poco de la tierra celicana en los bolsillos, con la de la mitad de la población de nuestro cantón está dispersa por los caminos de la Patria y del mundo. Antes las Kapullanas, desde siempre, expulsadas de su querencia por los del Incario y la sequía, iniciaron una diáspora que no ha cesado. Ahora migramos impelidos por la crueldad de una época, de un sistema concentrador e injusto. Su gesta, hasta ahora no ha sido contemplada ni comprendida por los ojos eternos de la Patria. Renunciar a la celicanidad es renunciar también a nuestros ríos, a nuestros bosques y montañas, a la calidez de la celicanidad. |
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