| Historia |
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Corrían los tiempos de la conquista española, cuando muchos hombres ansiosos de aventuras llegaron a tierras americanas descubiertas por el Genovés. Un continente ignorado, recién salía de la civilización europea; un mundo nuevo, una tierra virgen habitada por tribus de la más autóctona nacionalidad. Francisco Pizarro al dar muerte al Rey de los Incas, Atahualpa, llevaba el imperio de estos a su ocaso; como es evidente declinaba un reino y comienza el gobierno de razas exóticas, así, cuando al terminar el día las sombras cubren el orbe. Pizarro se creyó dueño y señor de las tierras conquistadas, su amigo Benalcázar, que el destino le dispuso disfrutar de las glorias y riquezas, fue nombrado Teniente de la ciudad de San Miguel de Piura por los años 1531. Conocedores de que al norte del País incásico existía un pueblo cuya conquista le ampliaba el horizonte de esperanzas, decidió el gobierno de la Villa, salir en pos de luchas hasta conseguir el suelo ambicionado. A lo largo del gran imperio del Tahuantinsuyo los pueblos se unían por espaciosos senderos, escogió Benalcázar "el camino real de las cordilleras", que lo condujo a tierras de arenales y de grises colinas semejantes a los dulces oasis africanos, Zapotillo. Siguió su ruta hasta que en un añejo perdido bajo el cielo inmensamente azul, y, al mirar en una tarde, aquella mole gigantesca de fuego que gloriosamente se escondía detrás del cerro Pircas y cuando el sol matizaba los campos con sus vírgulas de oro y escarlata, Benalcázar extasiado por aquella maravilla que en el momento contemplaba, lo bautizó a este rincón sureño con el nombre de Celica que en la lengua latina significa celestial. Fuente: Fechas Luminosas de la Patria- Dra. Martha González de Torres |
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