¿Quién me ayuda a matar a mi mujer? PDF Imprimir E-Mail
I

Dije, Dios mío ayúdame, tomé aire e hice girar el pomo de la puerta del dormitorio con silencio y lentitud de ladrón de joyas, y entré, con la carabina lista para matar a mi mujer. La cerré con silencio y lentitud semejantes para impedir que un descuido mío y la brisa de la noche encerrada en la habitación o la fuerza de los ronquidos de animal obeso de María Rosa la cerraran de improviso y produjeran un ruido delator.

Tenía el corazón al galope y me quedé junto a la puerta para esperar, que se amansara un poco y los whiskys me permitieran reconocer bien el lugar, porque todo parecía distinto, como si me hubiese equivocado de día, de casa, de dormitorio, de víctima, y como si no fuera yo el matón.

A pesar de las cortinas corridas, su color claro y la blancura que venía de las lámparas de flúor de la calle o de una luna imprevista me permitían adivinar bien los objetos de costumbre, lentos y misteriosos dentro de la oscuridad que los contenía. La sombra de la cama en el centro, con el gran bulto de mi mujer roncando con buen ritmo de rumiante mayor. Sobre la pared de la cabecera, el dibujo del crucifijo. Al lado izquierdo de la cama, el manchón del ropero empotrado y de la veladora atestada de libros que ella ya no leía, de ruleros, de sobres de valium para los nervios, de libretas con pedidos de sus clientas, y la lámpara de noche. Al otro lado, entre la ventana y la cama, la cuadrada oscuridad de la cómoda color caoba, en una de cuyas gavetas con llave María Rosa guardaba sus joyas adoradas. Y después de la ventana, la negrura de la entrada del baño, el sitio que tanta desnudez, deterioro y soledad nuestros había visto transcurrir. Descontados mis vómitos de borracho, que tenían allí su santuario preferido.

Eran las tres de la madrugada y hacía frío. Lo sentía más que nada en la mano izquierda por culpa del hierro glacial de la Ruger o de la muerte que ella escondía. Se trataba de una carabina con el cañón recortado que usaba proyectiles de matar elefantas invulnerables. La había comprado cara a uno de los policías que vigilan la ciudad dormida llena de ladrones despiertos. Pero el arma no me servía para mejorar de ningún modo la noche del dormitorio, que parecía volverse cada vez más densa y callada, salvo por los ronquidos de María Rosa y los martillazos de mi corazón que no terminaba de encontrar su propio paso de herrero sordo. No solo eso, sino una noche más extraña, más grande, más ajena, como si la determinación de matar a mi mujer y transformar mi vida en otra vida o simplemente en vida, transformara también los objetos y el silencio. O porque en los momentos desconocidos del corazón o la ebriedad de un hombre, todo es un país ignorado, inclusive el adorado rostro del hijo.

No se trataba de un plan improvisado ni mucho menos, ni cosa de los tragos. Acaso todos los años vividos con María Rosa habían sido un tiempo durante el cual no hice más que preparar este instante. O al menos eran unos años que me habían ido alejando de ella, mortalmente.

Telmo no había atenuado el veneno diluido en ese tiempo; al contrario, era más bien una agravante. Como había ido creciendo en años e inteligencia, mi hijo había crecido también en su odio contra mí. Nunca podré comprender cómo una criatura amada toda la vida, se va convirtiendo en enemigo, a la vez que recibe el alimento, el vestido, la paciencia, mi fascinación frente a su rostro anguloso, las palabras y silencios cotidianos. Es decir, mientras recibe el amor del padre. ¿O será que con los hijos nos ocurre lo mismo que con un animal mimado: puede damos la compañía, la solidaridad, su júbilo o una mordida en la misma mano con que uno lo acaricia, con indiferencia del amor que hubiera recibido cada día?

El auto me esperaba a una cuadra de casa y Johana, la razón de este crimen o liberación, a doscientos veinticinco kilómetros, en el hotel Crespo de Cuenca, desde el sábado.

La estratagema era una invitación a un concierto de jazz en el hotel Laguna el próximo martes, y la elección del día de aguas más tranquilas en la rutina cotidiana. Salí de casa ayer domingo a las cuatro de la tarde, después de haberme despedido de María Rosa y de sus clientas bullangueras, alborotando las prendas tejidas y el aire de la sala. Y después de despedirme de Luisa, la vieja empleada bondadosa. En la gasolinera Martínez llené el tanque del auto y. revisé el aire de las cuatro ruedas para el viaje que comenté con el empleado, y me estuve el resto de la tarde y la mitad de la noche y la madrugada, esperando esta hora, este minuto y este segundo, con carro y todo en el escondrijo del bosque de pinos del kilómetro nueve, mientras dormía, tocaba jazz muy bajo, comía salchichas y bebía unas copas como antes de un concierto. O de dos o tres.

Las tres de la madrugada era la hora en que la pesadez del sueño de María Rosa semejaba matarla, y yo la había escogido, si no para que me evitara el trabajo de apretar el gatillo, sí para que me costase menos el hacerlo. Sus ronquidos de mamífero redondo llenaban las noches de la casa y, si yo quería dormir un momento, tenía que taponarme los oídos como Ulises para cruzar el mar de las sirenas. Como si eso no fuera bastante, al otro día, María Rosa me atribuía sus propios ronquidos y, según ella o su máquina de odio, yo era el culpable de que no hubiese dormido un solo minuto y de que se pasara la noche pensando en Telmo y su árido destino. O en mi falta de amor, en mi oficio de músico demente, de borracho magnífico, y se vengaba a mis espaldas con el saxo. Todo eso, a pesar de que mi mujer rara vez se despertaba a lo largo y ancho de la noche, y jamás de tres a cuatro de la madrugada, su hora de sueño de mares más profundos. Por lo mismo, estaba seguro de que no sentiría el disparo para nada y, cuando amaneciera y se despertara, ella no sabría por qué diablos no podía mover un dedo, abrir la boca, ni decirme gilipollas.

Antes de empujar la puerta del dormitorio, me había detenido a mirar un instante la casa sumida en la penumbra, la puerta del cuarto de tejer de María Rosa y la del cuarto de Telmo, ahora de paseo con su jorga de malandros. A través de los visillos de la pared de vidrio que separaba la sala del patio, vi en el cemento blanco de éste el bulto de la caseta de Argo, que me despreciaba como otra María Rosa, y pensé que después de concluir con la pieza de caza mayor, de robarle las joyas, herencia de su madre, para que todo pareciera obra de un ladrón infame, tenía que ir a tomarle cuentas a ese perro de mierda.

Pese a que la alfombra del piso absorbía los ruidos nocturnos, yo no me puse a buscar la altura del costado izquierdo de María Rosa tan confiado. Siempre andaban por el suelo sus zapatos, algún libro caído, las bolas de sus hilos y no era improbable que mis pies cegatones pudieran tropezar con eso y yo irme de buche contra el piso o sobre ella con arma y todo. De ahí que lo mejor era avanzar con lentitud, arrastrando un pie y luego el otro, pero no antes de que ellos olieran bien lo que tenían delante, como si no fuera un dormitorio a oscuras sino un campo minado en plena guerra.

Me asombré por un instante del animal de presa en que me había convertido Johana; mejor dicho la fascinación de Johana y el ejercicio diario del rencor de una vida; puesto que antes de ella yo no tenía más que un odio inocuo, el jazz y el alcohol.

Como marcado por un hierro ardiente, yo tenía los ojos de Johana, su boca y su cuerpo de oro glorioso grabados en mi piel de animal fácil, y supe que no había alternativa en este mundo: tenía que matar. Tenía que matar a mi mujer para irme a vivir con Johana. O solo para vivir. Es decir para recuperar lo que había quedado después de una vida dedicada al desprecio, y para que tuviera lugar en este mundo, por primera vez, mi historia humana.

Toqué algo con el pie izquierdo y me detuve. Miré también una vez más la cama que tenía al lado y maldije. Era el sitio sobre el cual, por culpa de la oscuridad o la rutina, tantas veces creí haber perdonado los rencores del día y de la vida, y recobrado, acaso la inocencia o el amor. Pero solo era una estratagema del odio, de lo tierno, venenoso o más astuto de él, para un instante seguido nutrirse con el vacío de después del deseo satisfecho, y continuar más vivo que nunca. Luego de lo cual de nada sirven un cigarrillo, unos whiskys o las lágrimas o la belleza de la mujer. Maldije también por el despilfarro de los 14 años de mi vida, largos ineptos baldíos, que por fortuna habían llegado a su fin. Años de fuga diaria, como ya creo dije, no obstante no haberme movido del mismo odio y la misma casa. Con María Rosa gorda como un animal.

Llegué finalmente al sitio que creí adecuado. Sostuve la carabina con ambas manos y la acerqué con lentitud y miedo verdadero a lo más compacto de los ronquidos de María Rosa, que sin duda marcaban el ascenso y descenso del oleaje de mar de su gordura en las tinieblas. Entonces la sentí moverse, cansada quizá por la ardua tarea de dormir, y perder el ritmo de los ronquidos. O como si fuera adivina de verdad y presintiera el peligro dentro del sueño. Me sobresalté y no supe qué hacer con la Ruger o estuve a punto de tirarla lejos y echar a correr puerta afuera, atravesar la ciudad y perderme después en el desierto. No obstante, menos que el recuerdo de los ojos o del cuerpo de Johana o la certeza de que el sueño de mi mujer de las tres de la madrugada estaba hecho de un material irrompible, el solo espanto del momento que vivía me clavó en el piso como un yunque. Respiré ansiedad pura y no me moví un centímetro, al tiempo que inventaba una historia de emergencia para el desdichado caso de que María Rosa se despertara, encendiera la luz y me hallase armado y equipado junto a ella.

Mientras esperaba con mi mejor fortaleza que el espanto o los whiskys se alejaran un poco, y María Rosa se tranquilizase y buscara la posición más cómoda para recibir el balazo, pensé por un instante bobo en que podía desistir. Que aún podía encontrar una excusa ante Johana para salvar su amor y mi vida sin tener que matar a mi mujer. Podía decide, por ejemplo, que por más que lo quisiera, no podía dejar huérfano a Telmo: era como dejar un pequeño animal sin rumbo en plena selva. O decirle que no había encontrado a María Rosa en casa; que estaba enferma; que una amiga, igual de gorda que ella, se había quedado a dormir en su cama y yo no supe a cual de los dos bultos tenía que despachar. Podía decirle también que María Rosa no estaba confesada y comulgada; que los cuatro seis ocho diez whiskys dobles o la botella entera que bebí o las salchichas que comí me habían tupido la mollera y no recordaba qué estaba haciendo allí; que la Ruger se había encasquillado; que Argo me había olido.

Sobre todo, decirle que el odio infernal de María Rosa no era tanto como para perseguimos hasta el fin del mundo, para envenenarnos el aire o mandamos matar bien muertos con un sicario de mejor puntería que el enviado contra mí. Cobarde de mierda, me dije, cabrón.

Sin decir nada, claro, del tiempo en que estuve fuera del dormitorio, sin atreverme a tocar el pomo de la puerta, como uno de esos niños que van a la casa de un vecino a pedir un favor ingrato por cuenta de sus padres, y se detienen en la entrada, se imaginan que no habrá nadie, que no querrán hacerles el favor que van a solicitar, que primero saldrá el perro y los morderá, y no tocan nunca esa puerta, a sabiendas de que no tienen otra alternativa en este mundo.

O era un cazador inepto que, pese a estar persiguiendo al rinoceronte de su desgracia durante toda la vida, el momento en que la suerte o Dios se lo ponía dormido e inerme a un paso, era incapaz de apuntar, cerrar los ojos, apretar el gatillo y concluir con todo. Pensando quizá, por cobardía o compasión, que sería una rinoceronta y tendría un rinocerontito, y que si él mataba a la madre, quién iba a cuidar del pobre huérfano.

Pensé además que ya me había vengado de María Rosa como un narco colombiano, o que más culpable que ella de la situación era mi mamá, por robarse las cartas de Johana y las mías. O yo mismo. O Johana. O la vida. O el saxo, o el jazz que también traicionó a Charlie Parker. Porque, desde Adán y Eva, el hombre es el mejor inventor de culpables de la tierra.

-Mierda -me dije, sudando hielo, a la espera de que se me aclarara un poco el panorama para coger puntería.

Continúa...

 
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