El fantasma de la esquina de las monjas PDF Imprimir E-Mail

En aquella época colonial en la que, según opinión de un reconocido autor, el diablo andaba suelto y los fantasmas proliferaban por todas partes, generalmente había  detrás de cada uno de ellos una historia o una leyenda como la que  se suscitó en nuestra ciudad alrededor de la llamada "Esquina de las Monjas".

Tan pronto anochecía nadie se atrevía a pasar por la Esquina de las Monjas ubicada en ese entonces en la intersección de las calles Bernardo Valdivieso y 10 de Agosto, debido al terror que inspiraba una tétrica figura que allí se aparecía; y si la noche era obscura se destacaba más la figura de una masa informe que se movía en todas direcciones, mientras que si la noche era clara el fantasma brillaba a la luz de la luna como un bulto espectral al que nunca pudo vérsele la forma de su cara, ni sus brazos, ni sus pies..., nada que no fuere un enorme bulto blanco que inspiraba un indescriptible terror.

¿Qué misterio encerraba el fantasma de la Esquina de las Monjas?

Nadie se atrevía a encararlo. Todos huían despavoridos apenas escuchaban el rumor que escapaba del choque del viento con sus vestiduras y peor aún cuando su blanca figura se erguía imponente ante los desorbitados ojos del atrevido que osaba acercarse un poco más.

Así transcurrieron algunos meses y la ciudad estaba sobrecogida de temor. Pero un anoche en la que un grupo de jóvenes bebía y bromeaba alrededor de la mesa de una cantina, uno de ellos se levantó y dijo:

¡Vamos a pelear con el fantasma de la Esquina de las Monjas!.

La mujer del cantinero se santiguó al escuchar semejante desacato, pero los otros jóvenes se pusieron de pie y llenos de euforia exclamaron:

!Vamos!

No tardaron mucho tiempo en llegar al sitio elegido pues se encontraban cerca y para entonces la ciudad apenas tenía unas cuatro cuadras de ancho por el doble de largo. Mas cuando vieron de frente la blanca y espectral figura, retrocedieron amedrentados y pretendieron huir. Pero entonces escucharon la voz de su cabecilla que cerrando los ojos y tomando aliento gritó.

¡Alma de la otra vida!: ¿qué busacas en este mundo...?

Un silencio profundo fue la única respuesta cuando el viento empezó a agitar las vestiduras del fantasma, el joven abrió los ojos y se encontró con una sábana blanca que había sido estratégicamente colocada en lo alto de la Esquina de las Monjas para ahuyentar a los transeúntes. Al mismo tiempo un hombre salió furtivamente por una de las ojivas del campanario  que quedaba justamente en dicha esquina y se dio a la fuga...

Una imprecación grosera salió entonces de los labios del valeroso joven que gritó a sus compañeros:

!A él, amigos síganlo, que allí va el fantasma de la Esquina de las Monjas!.

Y mientras ellos marchaban atrás del fugitivo, el joven cabecilla se introdujo al campanario por la misma ojiva por donde había visto salir al fantasma y allí se encontró con un bulto grácil y ligero que se apretujaba contra la pared como si quisiera desaparecer. pensó proceder con el desprecio y la dureza de las circunstancias lo ameritaban, pero en ese instante una nube desgarrada dejó penetrar la luz de la luna por una de las ojivas del campanario e iluminó una faz pálida, hermosa y cubierta de lágrimas, lo cual lo hizo detenerse y su actitud hostil casi se troncó en reverencia.

Sin embargo, recordando al punto que esa mujer estuvo allí minutos antes con un hombre, volvió a sentir coraje y la obligó a descifrarle el enigma del fantasma.

Don Lucas Samaniego era entonces uno de los hombres más acaudalados de Loja. Heredó una gran fortuna y como en su hogar había un solo heredero, su hijo Santiago, no tuvo reparos en invertir gran parte de esa fortuna en educarlo de la mejor manera. Después de que terminó la educación primaria lo envió a la capital para que continuase los estudios secundarios y de allí paso nada menos que a París para seguir la carrera de medicina que había elegido.

Cuando regresó a Loja graduado de Médico todas las jovencitas suspiraban por él pues a su profesión, a su fortuna y a su aire de elegancia que había adquirido en Francia, se sumaban sus cualidades morales y físicas que eran excelentes, todo lo cual hacía de él, definitivamente, el soltero más codiciado de la ciudad.

La familia de Santiago, por supuesto, ya le había elegido una novia entre las más distinguidas, bellas y acaudaladas damas de la alta sociedad lojana. Pero ello no impidió soñar con su   amor a tantas lindas jovencitas que se hallaban en la flor de la edad, entre quienes se encontraba Amparito Espinosa, de familia decente pero pobre y que se enamoró perdidamente de Santiago desde el primer instante que lo conoció.

María Amparo no abrigaba ninguna esperanza de matrimonio con Santiago y simplemente lo amaba como se ama al amor, a la primavera, al sol y a la lluvia. Por eso se pasaba largas horas soñando con él ya sea en las noches que su amor le robaba el sueño o cuando se situaba en el balcón de su modesta casa sólo para verlo pasar. Al principio él ni siquiera se dignaba mirarla, pero cuando aquello ocurrió después de varios meses de constante espera se produjo el milagro de amor y comenzó un mudo idilio que jamás conoció de palabras bonitas, de promesas ni de nada...Sólo amor en la mirada de los dos que se atraían poderosamente en todos los sitios donde se encontraban y que más tarde el comenzó a buscar en sus ojos pasando repetidas veces frente al balconcito de su casa.

Al verla como se arreglaba y se ponía esplendorosa con el amor que el joven médico le inspiraba, su madre le repetía frecuentemente:

No te ilusiones, hija. Él nunca se casará contigo...

En medio de estas circunstancias un día tocó a la puerta uno de los jóvenes  más apreciados de la ciudad y con todo respeto pidió hablar con los padres de María Amparo a quienes solicitó la mano de la joven. Nunca habían sido novios ni tampoco ella había sido consultada previamente, pero el joven creyó que su actuación era la más correcta para llegar a convertirse primero en el novio oficial y luego en el esposo serio y circunspecto que anhelaba ser.

Un violento rechazo fue el primer impulso que brotó del corazón de María profundamente enamorada de Santiago. Mas..., pensándolo bien, creyó que había llegado la oportunidad de saber si realmente era amada. Por eso no les dio una inmediata negativa a sus padres cuando fueron a comunicarle acerca de las buenas intenciones de ese improvisado pretendiente sino que prometió pensarlo.

Largo se le hizo el tiempo que tuvo que esperar para tener la oportunidad de hablar con Santiago. Al fin se encontraron en una fiesta en casa de amigos comunes y cuando él la invitó a bailar, ingenuamente le contó que alguien había ido a pedirla en matrimonio. Estaba segura que él habría de retenerla si es que verdaderamente la amaba.

Pero... cuán equivocada estuvo, él era un hombre maduro y de mucho mundo; ella una pobre muchacha sencilla e ingenua a quien él muy cortésmente dejó que se fuera.

Cuánto lloró y lamentó su error la enamorada joven, él también sintió esa despedida como un latigazo en su orgullo de dios herido. Pero no hubo vuelta. El formalizó su matrimonio con la elegante dama que sus padres le eligieron y a María Amparo no hubo quien la convenza de que acepte como esposo al que la pidió primero ni a ninguno de  los que le propusieron después.

¡Me haré monja! dijo al fin un día la hermosa joven que apenas había cumplido los 18 años de edad y efectivamente entró en un convento de clausura que había en la ciudad.

 Prematuras canas pintaban la cabeza del correcto cuando un día fue llamado  de urgencia porque se moría una monja del convento de clausura. Tomó su maletín y acudió presuroso a la cabecera de la moribunda. Aquella aventura de su juventud y aquel platónico amor por una jovencita tonta e insignificante habían quedado tan hondamente sepultados en sus recuerdos que jamás pudo imaginarse que podrían revivir ante la presencia de esa religiosa que agonizaba y que, al mirarla con detenimiento, lo dejó paralizado por la sorpresa e involuntariamente pronunció su nombre:

María Amparo!

Y como ni siquiera él mismo se había dado cuenta de cuán fuerte fue ese sentimiento que una vez sintió en lo profundo de su alma, al volver a verla después de tantos años pudo reconocer que verdaderamente la había amado. En un instante pasaron por su mente todos esos imborrables momentos de amor purísimo y cristalino que vivió junto a la jovencita que amó con el más noble de los sentimientos humanos y sintió nostalgia por esa hermosa etapa de la juventud.

Pero todo eso no duró más que un instante e inmediatamente comenzó el médico a ejercer su noble profesión y aunque las manos le temblaban imperceptiblemente, examinó con cuidado a la religiosa y le prodigó las atenciones que fueron necesarias para salvarla del inminente peligro.

Antes de retirarse prometió volver cuantas veces fuesen necesarias y así lo hizo y continuó haciéndolo inclusive cuando la paciente había superado ampliamente el peligro de su enfermedad.

Por eso prudentemente un día la Madre Abadesa le agradeció sus servicios y el médico ya no pudo entrar en el convento.

Pero el recuerdo de María Amparo ahora convertida en una hermosa y dulce religiosa se clavó como una espina en el corazón de Santiago. Ya no cabía duda de que el demonio andaba trabajando con habilidad en el alma de ambos, pues ella también no volvió a conocer la paz después de aquellas largas visitas del médico durante su penosa enfermedad. Y al fin él logró ingeniarse para citarla a las once de la noche en la torre del campanario de la iglesia, dónde siguieron viéndose por algún tiempo.

Y allí estaba ahora también, pero ya no en los brazos de su amante y protegida por el fantasma que él había inventado para ahuyentar a la gente, sino acosada por el enemigo que le exigía confesar la verdad. y la verdad fue dicha tal como acabamos de conocerla.

Esta es la historia del fantasma de la esquina de las monjas: una blanca sábana puesta allí por dos amantes para ocultar su prohibido amor.

Y cuenta la leyenda que el joven que logró descifrar el enigma, bajó del campanario asombrado de cuanto había escuchado, y cunado sus amigos le contaron que se había escapado el hombre al que persiguieron, no les reveló el nombre del respetable profesional que había andado enredado en esa aventura ni tampoco les dijo una palabra  acerca de la enamorada religiosa que encontró en lo alto de la torre.

Esto se supo después de muchos años, cuando el médico se había convertido en un venerable anciano y la Religiosa murió como una santa dedicó el resto de su vida a expiar ese pecado de amor.

Fuente: Loja de Ayer; Relatos, Cuentos y Tradiciones de Teresa Mora de Valdivieso;
 
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