La Luterana PDF Imprimir E-Mail

Las persona que vivieron a fines del siglo pasado y una o dos de ella que para nuestra suerte todavía recuerdan a los personajes reales o ficticios de su época, dicen que la Luterana fue el símbolo de terror para los niños callejeros y más todavía para aquellos mayores de edad que andaban buscando aventuras amorosas en las afueras de la ciudad por donde solía vérsela brincando detrás de los cercos.

La ciudad de  Loja era entonces un estrecho rectángulo marginado al norte por la calle Quito, al sur por la Lourdes al Bernardo Valdivieso y al oeste por la Sucre, y aunque ya existían las prolongaciones de estas calles hacia los cuatro puntos cardinales, no pasaban de ser simples callejones que conducían hacia los dos ríos circundantes y hacia las tradicionales vías de acceso por el norte y por el sur. Marginando dichos callejones estaban las huertas y las cuadras de las solariegas casas lojanas en las que se cultivaba desde el maíz y el fréjol  hasta la caña de azúcar, el café y deliciosa frutas como duraznos, membrillos, etc.

De muchas de  las casa ubicadas en la calle Sucre sus huertos se extendían hasta el río Malacatos y no pocas propiedades de la calle Bernardo Valdivieso llegaba hasta las mismas orillas del Zamora. Esas cuadras y huertas estaban linderadas  con cercos de piedras en algunos casos y por lo general con plantas vivas de cactus o también de pencos o méjicos de los que se extraía el popular mishque, que ni siquiera lo conocen las nuevas generaciones. Y dicen que justamente detrás de esos cercos era donde pasaba la Luterana espiando a las víctimas a las cuales habría de atacar.

¿Quién era y qué hacía la Luterana...? Dicen que nadie pudo verle el rostro porque siempre usaba un amanta negra que le cubría desde la cabeza hasta la cintura y sólo dejaba  un resquicio para los ojos. Vestía también una amplia falda o pollera negra que la llegaba hasta los tobillos y por ser todo un atuendo de color negro fue apodada como la Luterana, derivado de la palabra luto o duelo. Debajo de la manta aseguraban que siempre llevaba un afilado puñal y lo clavaba sin piedad en el corazón de los amantes que se aventuraban a buscar la soledad de los callejones para sus escenas de amor.

Según la historia, cuento o leyenda  acerca de la luterana, a la ciudad de Loja llegó un día procedente de algún lugar de la provincia una hermosa joven llamada Palmira, la cual era alta y esbelta como una palmera y sus grandes ojos negros contrastaban con la negrura de su cabellera y de sus largas pestañas, de igual manera su piel canela con la blancura de sus dientes blancos y regulares. Como es natural, la presencia de esta bella joven causó revuelo en la ciudad y fue invitada a las mejores fiestas de sociedad, en una de las cuales conoció a José Javier, a quien amó desde el mismo instante de conocerlo y mucho más todavía cunado al compás de un melancólico él la estrechó en sus brazos y musitó a su oído tiernas palabras de amor.

Luego siguieron más fiestas y reuniones en donde José Javier y Palmira se encontraban y se atraían como dos imanes y vivían en un mundo que sólo existía para los dos. Pero este idilio que se creyó no iba a terminar jamás, un día se rompió bruscamente cuando José Javier se presentó en una de esas fiestas del brazo de una distinguida dama que había regresado después de realizar estudios en el exterior y de quien se decía que era la novia oficial de José Javier puesto que se habían comprometido antes de que ella se marchara al extranjero. Sin más signo de dolor que una acentuada palidez, Palmira aceptó estoicamente la nueva situación que se le presentaba, pero tan pronto pudo escabullirse de los numerosos admiradores que la asediaron al verla sola, marchó de allí y nadie volvió a verla nunca más.

A quienes se interesaron en preguntar por Palmira, ya sea por sincera amistad o por mera curiosidad, sus familiares les informaron que se fue a radicarse en Quito. Y efectivamente así ocurrió, pero nunca dijeron que se desquició completamente a raíz de la terrible traición que sufrieron sus sentimientos y su amor propio, motivo por el cual tuvieron que internarla en un asilo para enfermos mentales. Largo tiempo permaneció allí la que antes fue una hermosa joven y envejeció tan prematuramente que a los 35 años tenía la cabeza completamente encanecida y el aspecto de una anciana de 70. Pero como se mostraba completamente pacífica y tranquila, un día ordenó el Director del Sanatorio que podía reintegrarse a la vida normal y Palmira regresó a Loja y a casa de  aquellos familiares que la acogieron cuando le ocurrió esa desgracia.

Dichos parientes de Palmira vivían cerca de la Iglesia del Carmen y con ellos acudía a oír misa los domingos, pero en un a de aquellas ocasiones quiso el destino que se encontrara en la puerta  del templo con el hombre a quien tanto amó, quien para entonces se encontraba convertido en un respetable caballero al que también las canas comenzaban a pintar sus sienes, y con su  esposa del brazo se disponía a entrar al servicio religioso.

Entonces los ojos de Palmira que al principio se iluminaron de ternura al encontrarse con los de José Javier, repentinamente se convirtieron en dardos de fuego cuando advirtieron la presencia de aquella mujer que iba tomada de su brazo y nuevamente perdió la razón. Como una fiera se abalanzó sobre los esposos, dispuesta a matarlos, pero sus parientes la detuvieron y no faltó alguien de entre la gente que entraba a la iglesia que gritara a voz en cuello.

¡Llamen a la policía! ¡Pronto! ¡Llamen a la Policía!

Entonces reaccionó la agresora y huyó. Nadie supo quien había sido ni volvieron a ocuparse de aquella pobre mujer a la que simplemente tomaron como una loca.  Pero desde entonces comenzó a aparecer brincando y escondiéndose   detrás de los cercos  de las afueras de la ciudad aquel personaje que se apodó con el nombre de  Luterana por su negro vestuario y de quien muchos creían que se trataba de un fantasma.

Nadie tuvo un encuentro durante las horas del día con la Luterana, pero en cambio, tan pronto comenzaban a caer las sombras de la noche, la Luterana se agazapaba como un felino detrás de los cercos y con la agilidad de un leopardo saltaba sobre sus víctimas, quienes eran exclusivamente parejas de enamorados que buscaban la soledad de los callejones para sus citas de amor. Su afilado puñal los traspasaba sin compasión y enseguida huía lanzando unas carcajadas que más parecían los aullidos de una loba.

Los habitantes de la ciudad estaban sobrecogidos de terror y la policía no podía atrapar a la Luterana porque sólo aparecía envuelta en las sombras de la noche y de esa manera dificultaba su cacería. Hasta que al fin a un oficial se le ocurrió un  plan que, luego de perfeccionarlo cuanto fue necesario, resolvió ponerlo en práctica: Un policía disfrazado de mujer se internaría en uno de los callejones de las afueras de la ciudad y aproximadamente a las siete de la noche se le reuniría el mismo Oficial que había planeado esa estrategia y entre los dos simularían  una escena de amor para que la Luterana creyese que se trataba de una pareja de enamorados.

Muertos de frío y de miedo porque no estaban seguros de que la Luterana fuese un ser humano o un fantasma, se amanecieron allí el oficial y el policía, pero la Luterana no apareció, sin embargo el terco oficial no se dio por vencido y a pesar de las burlas de los demás miembros del Regimiento, a la noche siguiente otra vez se instalaron en el mismo lugar y no había pasado un ahora cuando sintieron que alguien se acercaba sigilosamente.

Como no estaban desprevenidos como suponía la Luterana, tan pronto vieron brillar su afilado puñal, el Oficial gritó:

Si eres alma de la otra vida ¡apártate! pero si eres persona de este mundo ¡acércate ¡

La Luterana no contestó sino que se lanzó sobre el Oficial dispuesta a matarlo, pero los dos hombres le dispararon al mismo tiempo y la Luterana cayó herida de muerte. Un tiro le había perforado la cabeza y el otro el corazón. A los pocos minutos murió.

Casi todos los habitantes de la recoleta ciudad especialmente jóvenes y niños, al otro día se volcaron hacia la morgue del hospital para conocer a la luterana. Nadie pudo imaginar siquiera que esa anciana alta y flaca fuera un día aquella hermosa joven que brilló en sociedad. Sólo sus familias la reconocieron cuando  movidos por la curiosidad llegaron  a este lugar y se encontraron con la terrible sorpresa de que la Luterana había sido Palmira, su triste y dolida pariente, de quien juraban que jamás la vieron  salir y no podían imaginarse que por las noches se escabullera, seguramente por la ventana del cuarto que le habían dado en su modesta casa de un piso y que precisamente daba  a la calle. Ellos recogieron el cuerpo después de la autopsia y le dieron cristiana sepultura, con lo cual concluyó aquel reinado de terror y el nombre de la Luterana sólo quedó para la leyenda o para los cuentos que solían contar las abuelas.

Fuente: Loja de Ayer; Relatos, Cuentos y Tradiciones de Teresa Mora de Valdivieso;
 
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