| I |
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Descendiente de los Shyris,
Chaloya, padre de Nina,
huyendo de Rumiñahui
subió a lo alto del Pichincha.
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Al mirar columnas de humo
y entender que Quito ardía,
alzó sus ojos al cielo
y postrose de rodillas.
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Chaloya, aunque de alta estirpe,
no fue tenido en valía,
porque a la corte enojaba
su ardiente sed de justicia.
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Alejado de los grandes,
sin odio, pena ni envidia,
en lo invisible ocupaba
su mente contemplativa.
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Presagiaba suspirando
que la patria acabaría
entregándose a extranjeros,
devorada por sí misma.
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Por mitigar sus congojas
oraba de cima en cima,
y, en la suprema desgracia,
prefirió la del Pichincha.
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El pensamiento y las huellas
de su padre siguió la hija,
y en esta vez asustados
otros a ella la seguían.
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Era todo movimiento,
confusión, llanto, fatiga;
por oír entonces al justo
suben varios al Pichincha.
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Resbalando entre la nieve,
ante todos llega Nina;
ve a su padre, mira al cielo,
llora, y como él se arrodilla.
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Iban los demás llegando
en confusa vocería;
uno maldice al tirano,
maldice otro la conquista;
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quien amenaza, quien jura,
quien blasfema, quien suspira.
Chaloya se alza, oye a todos
y dirigiéndose a la hija:
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«Llora, dice, el llanto es justo,
pues la patria está en cenizas;
mas, no maldigas a nadie,
sólo la culpa es maldita»
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Y quién de culpa está libre
ante el sol de la justicia?
El valor se torna en culpa,
si con culpas se ejercita.
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«Es culpa la mansedumbre
que ante las culpas se humilla;
ejerciéndola en exceso
es culpa la virtud misma.» |
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Tras las culpas hay desgracias,
si todo no se equilibra.
sin nada más, nada menos
de lo que el sol determina.
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Rumiñahui valeroso
quiso defender al Inca;
mas nuestro monarca, manso
se entregó, cual tortolilla.
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Le devoraron milanos
que nuestra raza asesinan;
librarnos de tal peligro
ha intentado el héroe quichua.
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Pero la nación estaba
en cien bandos dividida;
cada bando era una culpa
que engendraba cien desdichas.
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En despecho, Rumiñahui
llegó a la culpa infinita
de la matanza y el fuego
que contemplas pavorida.
Por las culpas de sus hijos
gime la patria cautiva,
pues ya miro consumada
la más sangrienta conquista.
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Infelices, cual ninguna,
será la raza vencida;
pero nunca la triunfante
podrá excitar nuestra envidia.
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Nuestra prole a la indigencia
estará siempre sumisa;
será la bestia de carga
de la crueldad y avaricia.
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Pero ¡oh sol! tú no perdonas
crueldades ni alevosías;
a ti que a todos alumbras,
todos te deben justicia.
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Y tus leyes quebrantadas
se llaman guerra, conquista,
odio, rabia, furia, celos
y frenética codicia.
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El sol con la servidumbre,
a nuestra patria castiga
y deja a la raza intrusa
castigarse por sí misma».
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II
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Dispersose el auditorio
por las orientales vías;
cual perplejo, cual bramando,
cual con el alma afligida.
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Hacia occidente, do arroja
el volcán lava y ceniza,
las montañas solitarias
eran del hombre temidas.
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Allí tramontano asilo
buscó Chaloya con su hija;
bajaron, besando el suelo,
como postrer despedida.
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III
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Era fama que Atahualpa,
viendo bella y pura a Nina,
quiso al templo consagrarla
y que ella respondió al Inca:
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«Perdí a mi madre en la cuna,
mas no la doy por perdida,
porque, cuando pienso en ella,
junto su alma con la mía.»
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Ella era esposa, era madre,
y así era la virtud misma;
fue para el sol virgen pura,
pues tuvo alma sin mancilla
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Con arrullo de paloma
mi padre, desde muy niña,
me enseñó a ver en el cielo
a mi madre y la justicia.
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Para que en el sol pensara
más que en mí, me llamó Nina.
Yo soy, pues, del sol la virgen,
mas mi templo es la campiña.
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En los prados y en los bosques,
en oteros y colinas,
en tantos cerros nevados
que por doquier se divisan,
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difunde el padre sus rayos,
con ellos todo ilumina,
y todo se muestra en orden
y variedad infinita.
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Con ellos, todo despierta,
se colora, se matiza,
se fecunda, se embellece
y a adorarte ¡oh Sol! convida.
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Millares de aves te cantan
entre las selvas floridas.
¿Por qué esconder entre muros
tu alta gloria y nuestra dicha?
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Yo seré del sol la virgen
sin verme nunca oprimida,
cual si la Bondad Suprema
fuera celosa y mezquina.
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Quiero libre, no entre muros,
consagrar el alma mía
al que mostrando grandezas
quiso hacer grande la vida.
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Admirado y temeroso
de tan extraña doctrina,
el rey mandó que en su corte
nunca penetrara Nina.
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Y ella vagaba en los bosques
libre como la neblina,
admirando en cielo y tierra
la eterna sabiduría.
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IV
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El tirano Rumiñahui,
aún las teas encendidas,
completada la obra horrenda
de desolación y ruina,
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Oyo, sarcástico riendo,
esta importante noticia:
«El hipócrita Chaloya
queda en lo alto del Pichincha; »
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su hija ante el sol y la luna
postrándose de rodillas
dice que ellos le inspiraron
cierta egregia negativa.
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Pues recordarás que ingrata,
rebelde, osada y sacrílega,
no quiso entrar en el templo,
por vagar en la campiña.
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Al ver que son tus esposas,
las que en el templo existían,
y que tú, justo y severo,
con la muerte las castigas,
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dice que el sol la ha librado
con su inspiración divina
de sufrir, como las otras,
tu espantosa tiranía.
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Su padre, cual Duchicela,
quizá ofrezca mano amiga...
Rumiñahui, interrumpiendo,
dio estas órdenes de prisa:
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«Cien chasquis y cien soldados
y cien diestros en la pista,
con alas en calcañares
vuelen en torno al Pichincha;»
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y, ya veis que aún no anochece,
mañana al rayar el día
estarán en mi presencia
atados Chaloya y su hija.
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Con imperiosa guiñada
un jefe da la consigna,
y oficiales y soldados
alzan su arma y su mochila
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Por grupos de cinco en cinco
van los diestros en la pista,
y los chasquis se colocan
a razón de uno por milla
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De diez en diez los soldados
van con honda, aljaba y pica;
los capitanes, oculta,
llevan bélica bocina.
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Con astucia y ligereza
que al zorro y la corza imitan,
llevan, ávidos del premio,
ágil planta y ágil vista.
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V
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Pasada horrenda la noche
entre humo, llama y cenizas,
con siniestro regocijo
Rumiñahui la luz mira.
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Espera chasquis que anuncien
la llegada de las víctimas,
y entre tanto un plan nefario
revuelve en su fantasía.
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Un sentimiento piadoso
le acomete y se retira,
cual si dos almas tuviera
una de héroe, otra ferina.
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Con extraño movimiento
las entrañas le palpitan,
al pensar en la inocencia
de un padre amante y una hija.
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Pero luego recobrando
su volcánica energía,
se goza en el cuadro horrible
que su crueldad imagina.
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Pronto verá de Chaloya
la cabeza encanecida
inclinarse demandando
perdón, piedad para su hija;
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y ya ensaya la respuesta
que dará con gallardía,
haciendo regia y solemne
su venganza y su lascivia.
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Con señales de impaciencia,
al sol, al suelo, al Pichincha,
a sus tropas y a sus teas,
lleva alternando su vista.
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Mas iba el sol señalando
horas lentas y tardías;
unas tras otras pasaban,
y ningún chasqui volvía.
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El tirano enfurecido
el exterminio maquina
de los trescientos enviados;
y a enviar mil se disponía.
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Pero luego se le anuncia
con la fúnebre bocina,
que los trescientos se acercan,
mas sin Chaloya ni su hija.
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El tirano va al encuentro
con su lanza enrojecida;
los trescientos al mirarle
todos a una se arrodillan.
Temblando el capitán dice:
«Puedes quitarnos la vida,
mas no por desobediencia,
ni flojedad, ni mentira.»
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Todos lo hemos presenciado:
el asombro nos abisma...
te juramos que no existen
ni Chaloya, ni su hija.
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«¿Los matasteis o murieron?
Decid, pues, ¿qué es de su vida?»,
les preguntó Rumiñahui
con la voz ya enronquecida.
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En respuesta le refieren
insólita maravilla:
dicen que frescas las huellas
les fue fácil el seguirlas;
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que siguiéndolas miraron,
a manera de neblina,
blanca luz en alta noche
por la lluvia ennegrecida; |
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que en el rincón escondido
de donde la luz salía,
descubrieron una fuente
que manaba como hervida;
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que sólo hasta allí llegaban
las breves plantas de Nina;
y solas las de su padre
hasta otra fuente seguían;
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y que de allí en adelante,
ni hacia abajo, ni hacia arriba,
hallaron vestigio alguno
los más diestros en la pista.
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|
VI
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Por el sur ya Benalcázar
avanzaba a toda brida,
aliado con Duchicela
de la estirpe de los Incas.
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Por el norte ya Otavalo
con ingeniosa perfidia,
había dejado indefensa
y airada la raza quichua.
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Por occidente un prodigio
deja en fuentes cristalinas
la fecundante memoria
de la virtud perseguida.
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Mas en tanto, sin rendirse
del tirano la osadía,
dijo: «si unos dan su nombre
a las aguas movedizas, »
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yo a mi nombre y mis hazañas,
que ya la fama publica,
dejaré por monumento
lo que cuadra al alma mía,
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un agrio cerro negruzco
que deje por siempre fija
con su dureza y sus cortes
la imagen de la conquista».
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Y andando por ruta opuesta
a la de Chaloya y Nina,
llegó a punto do un estruendo
dejó un picacho a la vista.
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Desde entonces Nina-yacu
con puras y ardientes linfas,
sirven de brazo al Chaloya
y agrandándose camina.
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El Rumiñahui se ostenta
inmoble, estéril, sin vida,
con sus ásperos peñascos,
negro y rudo hasta la cima. |
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Y así aún en torno suyo
esa majestad domina,
difundiendo las influencias
del tiempo que simboliza
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Mas, en tiempos venideros,
según viejas profecías,
iluminará la patria
el espíritu de Nina.
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