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Carrión Mora Benjamín
Cartas del Ecuador
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 Cartas del Ecuador

PRIMERA

SOBRE "EL CARAMELO LITERARIO", EL "QUE -ME- IMPORTISMO" Y EL CULTO DE LA QUEJA

Cuando en México el terrible panfletario don Francisco Bulnes escribió su demoledora diatriba histórica El verdadero Juárez, los adoradores del ídolo misteca - el Impasible - se pusieron furiosos. Clamaron porque el libelista reaccionario había hecho afirmaciones irreverentes, había descubierto los lados débiles y penosamente humanos del gran hombre de la Reforma, el vencedor de Napoleón el Pequeño y Maximiliano de Hausburgo. Entonces Bulnes, feroz y corrosivo, lanzó el contrataque sangriento: lo que pasa es que de tanto tragar caramelos literarios, el pueblo mexicano se ha vuelto dispéptico, y su estómago no tiene ya fuerzas para digerir la verdad...

Nosotros, en este Ecuador del "sombrero de Panamá", en este país amazónico al que sus hermanos quieren escamotear el Amazonas, estamos padeciendo un mucho de esa dispepsia - conocida con el nombre de escorbuto - por haber comido y seguir comiendo de gula "el caramelo literario".

El panorama, por lo demás, es adorable: desde el melífluo, fluvial y pastoril nombre de nuestro Presidente - nombre digno de un predestinado por los dioses para pastorear los rebaños mansísimos de una Arcadia feliz - hasta las bellas frases de los banquetes oficiales y las sociedades patrióticas, dan idea de que vivimos en Jauja o en el País de las Treinta y Seis Mil Voluntades, donde corren ríos de leche y miel, y donde hay que hacerse el quite, y aun cerrar apretadamente la boca, para que no nos caigan en ella las chirimoyas dulcísimas o las doradas patatas, fritas en mantequilla ...

He aquí la bella tesis de los "carameleros":

En lo político, amamos la democracia, porque vivimos la perfección absoluta del sistema, como en las luminosas horas plebiscitarias de Roma - escapadas de las páginas de Plutarco -, en las que se paseaban por el Foro Marco Catón, Paulo Emilio, Muscio Scévola, pidiendo sus votos a los ciudadanos libres, para servir desinteresadamente a la Patria, desde una Pretura, una Curul, un Tribunado de la Plebe o un Consulado... Aquí, el sufragio es la base de nuestra vida política. Los gobernantes son los que el pueblo se ha querido dar. Es mala palabra hablar de corrupción electoral, mala palabra hablar de ausencia de fervor ciudadano, mala palabra hablar de fraude, o reclamar libertades políticas, que tenemos, francamente, en demasía...

En lo social, no existen problemas. Tratar de crearlos, es demagogia, falta de patriotismo. ¿El Indio? El indio bruto goza más de lo que merece. ¿Que hay pobreza, que el hambre consume a importantes sectores de la sociedad? Exageraciones, ganas de desacreditar a la patria en el exterior. (Porque estos optimistas creen que en "el Exterior", se debe afirmar que los ecuatorianos somos ángeles, sin necesidades bajamente materiales; que somos ricos, que somos buenmozos y bien vestidos...) ¿Qué dirán de nosotros "afuera", si andamos gritando que hay indios y pobres? No, no los hay. ¡Qué los va a haber, hombre! Lo que hay aquí son unas iglesias bellísimas - hechas por unos indios hace trescientos años - y unos señores que poseen el secreto exclusivo de los tesoros en ellas contenidos. Lo que hay aquí, señores, es el Chimborazo, la Laguna de San Pablo... Lo que hay aquí es... la felicidad.

En lo cultural, hemos llegado a la perfección. Todos los días, como una hermosa oración mañanera, debemos recitar: somos la patria de Espejo, de Olmedo, de Montalvo, de González Suárez. Desde hace poco, somos también la patria de Crespo Toral. Lo demás, no importa. No hay que ser exigentes... Allí tenemos una escuela-palacio, con todos los bustos posibles en el frontis, (pero sin un patio para los recreos de las niñas... Allá, una "Universidad Central" - tenía que ser en el centro de la ciudad, porque si no, ¿cómo había de ser "central"? en la que se ha hecho un hermoso Paraninfo... (solo que no se quería entregar las llaves al Rector porque lo han de ensuciar los muchachos y es necesario que esté nuevecito y limpiecito para cuando vengan los Ministros de Hacienda de los países de América).

¿En lo agrícola? Somos un "país esencialmente agrícola". Y allí están, compuestas de estimables y decorativos caballeros, las Juntas, los Centros Agrícolas, que sesionan frecuentemente. Allí está, con sus hermosos billares, el Club de Agricultores...

¿En lo internacional? Chisto... Tenemos la mar de héroes, que en el momento preciso, ofrecen a la patria su espada, y juran derramar "la última gota de sangre" en defensa de los sacrosantos derechos territoriales.

El caramelo y... la dispepsia.

Más generalizada, más frecuente, acaso más nociva, es la actitud opuesta al "caramelo literario": el lloriqueo, el derrotismo permanente, el culto de la queja.

Su tesis se expresa así:

Somos un país perdido, que marcha hacia la disolución. Por dondequiera que se mire, el desastre, el robo, la ignorancia, la traición, la ineptitud, y el crimen. Esto, por lo que se refiere al elemento humano. Pero la naturaleza, es aún peor: esterilidad, miseria agrícola y minera, el mal clima, los mosquitos, el paludismo, la tuberculosis... (He aquí un ejemplo de esta literatura: los pocos valles que poseemos alrededor de Quito, y que era lo único - además de las iglesias, claro está - que podíamos ofrecer a los turistas, se hallan infestados de malaria de la peor especie; en el uno, es el 100 por ciento, en el otro, el 75...)

En lo político, se sostiene una verdad permanente, indiscutible: el hombre que está en el Poder, sea Presidente, Encargado del Mando, Dictador, es un ladrón. Absoluta y definitivamente ladrón. (No importa que veamos tan frecuentemente, ex-presidentes, ex-primeros mandatarios, sufriendo una miseria honrosa y decorosa, una estrechez económica sobrellevada con ejemplar dignidad. Aunque nos conste que uno de los más calumniados, más seguramente "ladrones", Alberto Guerrero Martínez, haya muerto cercano a la miseria, lleno de amargura).

Este país, se dice, es el más desgraciado del mundo: las pocas minas que tenemos, se las roban los gringos; las tierras que tenemos, a más de ser malas, están acaparadas por latifundistas ociosos, que no las cultivan ni las dejan cultivar...

De todo: de la lluvia, del paludismo espantoso del valle de Chillo, de la guerra europea, del capitalismo inglés como del nazismo alemán, tienen la culpa las trincas, adueñadas del poder. Esto no tiene compostura, agregan, mientras no se extermine la banda de forajidos que explotan esta desgraciada tierra como si fuera un feudo...

Del tono de queja con protesta - explicable por su rabia viril, que alguna vez puede ser fecunda - se baja a la queja con lloriqueo, a la actitud flojamente derrotista, que proclama nuestra infelicidad irremediable, que se duele de una eterna posición de parientes pobres, al margen de la sabrosa merienda de los pueblos. ¿Para qué emprender en esto o en aquello? Si somos tan pobres, tan ladrones, tan "tropicales", tan desgraciados y tan brutos...

¿Asistir a una competencia deportiva? Para qué, si siempre hemos de ocupar el último lugar, que tenemos conquistado para siempre, definitivamente. No importa que triunfemos en una olimpiada bogotana, en campeonatos de natación en Lima, en eventos tenísticos de Río, Buenos Aires o New York. Esas son casualidades.

¿La intelectualidad nacional contemporánea? Un desastre, un grupillo de escritorzuelos pornográficos y bolcheviques, que no sirven sino para desacreditar al Ecuador, contando al mundo "civilizado" un secreto vergonzoso: la existencia de los indios y de los pobres en esta tierra desgraciada. Si alguien observa que esos libros y esos escritores están triunfando en Europa y América. Que se traducen a idiomas extranjeros. Que escritores ecuatorianos contemporáneos están llevando el nombre literario nuestro a centros donde jamás había llegado hasta hoy. Que novelistas pertenecientes a ese "grupillo despreciable", triunfan en concursos continentales promovidos por las más valiosas y moderadas editoriales yanquis... Esas son casualidades...

¿En lo internacional? Si no nos conquistan, es porque no servimos para nada. Ninguno de los posibles adversarios tendría para media hora con nosotros. Con un globo y una caja de fósforos, se quema Guayaquil. No nos queda más solución que la del antioqueño: que nos coma el tigre, si es que se digna comernos, o el suicidio en masa, que seguramente sería lo mejor...

Existe además, una porción muy grande - excusable si no justificable - de ecuatorianos a quienes no preocupan los problemas nacionales; son los indiferentes, los que-me-importistas.

A esos ecuatorianos - que llenan las calles de los pueblos del Ecuador - se les propone intervenir en las elecciones próximas, trabajar por llevar a Municipios y Congresos hombres capaces, inteligentes, patriotas, para que la suerte del país se enderece... Para qué, contestan, con desgano. Las elecciones ya están hechas en las dependencias de gobierno, el futuro Presidente será don Fulano, las listas de diputados y concejales están ya "sacadas en limpio". Y si se les insiste, le aconsejan a uno bondadosamente: todo es inútil, amigo, no se meta. Lo pueden declarar conspirador, agitador comunista - aunque esté trabajando por el Arzobispo - lo pueden lanzar a la prisión, al confinio, al destierro y si usted sale a la calle, en compañía de otros ilusos como usted, le abalearán sin misericordia. Varios Noviembres y varios Eneros tenemos ya en nuestro calendario...

En este país, hay que estarse calladito, amigo. Recuerde usted el personaje de Ibsen: que toda la casa esté en silencio, que no jueguen los niños, que no cante la máquina de coser de la esposa. Papá esta allí, tendido en un diván, con los ojos cerrados, meditando en el invento genial que nos ha de traer la riqueza y la felicidad... Chist... Je songe a ma decouverte...

Pero habemos unos ecuatorianos, muchos ecuatorianos, a quienes no agrada el "caramelo literario", ni el culto de la queja ni el que-me-importismo. Unos ecuatorianos que queremos la verdad. Una verdad verdadera, que no nos conduzca al optimismo frenético y cursi de fraseología diez de-agostina. Tampoco al pesimismo jeremiaco, que parece reclamara una tunda de látigos, como el chico llorón. Ni menos aún al que-me-importismo derrotista, que no quiere alterar las digestiones plácidas con la inquietud de la patria, su dolor o su entusiasmo.

Queremos una verdad que sea la antesala de la acción. Una verdad que nazca de la investigación de nuestros problemas, de la meditación sobre ellos. Que sea producto de una interrogación inquieta y constructiva sobre nosotros mismos. Algunas veces, muchas, esa verdad ha de ser dura, agria, penosa. Pero no irremediable. Y algunas veces también, esa verdad que vayamos hallando, será quizás alentadora, porque estará hecha de nuestra juventud histórica, de nuestro anhelo realista de ser un pequeño pueblo respetable por su fe en el trabajo, por sus propósitos firmes de vivir en paz, dentro de casa y fuera de ella.

A la busca de esa verdad, queremos contribuir con estas conversaciones dirigidas al país. Y esa verdad que todos los hombres de buena voluntad vayamos descubriendo - fragmentariamente - ha de servir de base para la edificación de la patria.



 
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