| Kigman Nicolás |
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Escoba de la BrujaEl Conde de Méndez con su rechoncho cuerpo tendido sobre una hamaca de esterilla, que colgaba de las pilastras del amplio corredor de su casa de hacienda observaba con preocupación el vuelo uniforme de centenares de aves rapaces de negro plumaje y aceradas garras, que al seguir en bandadas el curso del río hacia sus orígenes, daban la impresión de una diáspora en desesperada búsqueda de un albergue, de una nueva morada en una montaña, islote u oquedad que les fueren propicios para anidar y seguir habitando el agua, los cielos y la tierra. En su ondulante vuelo, una tras de otra rompían de improviso la unidad del conjunto, para caer voraces sobre las turbias aguas del río y al atrapar en sus fauces un pez, irlo devorando mientras con un lento batir de alas se reincorporaban a su averío. Otras, en cambio, cansadas de tanto volar, desertaban de su formación para posarse en las copas de los árboles de cacao o en las de viejos robles, almendros o nogales que rodeaban la morada y ahí permanecían por largo tiempo emitiendo lúgubres graznidos que por las noches robaban el sueño a los niños y causaban desazón y un temor agorero entre la peonada. Días después, al reanudar su viaje, quedaba la hojarasca impregnada de un fétido y repugnante estiércol blanco. Ese era su rastro, la huella que iban dejando a su paso, para que las rezagadas no se desvíen de la ruta trazada por sus conductoras osadas capitanas que, en ansiosa búsqueda, habían logrado descubrir lo que una vez conquistado habría de ser su nuevo mundo, provinente, sujetas como estaban a un incierto destino. ¿Desde dónde venían y hacia dónde iban esas aves de extraña apariencia a las que, por su semejanza con los cuervos marinos y los patos silvestres, se les dio el nombre de patocuervos? ¿De qué remoto paraje procedían? Acaso -se decían los que las contemplaban extrañados- de algún litoral azotado por ciclones y tormentas, de una jungla calcinada por las llamas de un incendio, o -¿quién podía saberlo?- de un islote abatido por inmensas marejadas. Pero ni los más versados en antiguas consejas eran capaces de dar cuenta o imaginar siquiera los motivos de ese éxodo. Y, algo que era aún más inquietante: predecir lo que esa invasión habría de significar para los habitantes de los territorios que serían por ellas conquistados y por ende, sometidos a sus inescrutables designios. Nadie acertaba a descifrar el enigma, ni siquiera la negra Dorinda, que con sus hechizos se pasaba las noches en vela tratando inútilmente de develar el misterio de la inesperada aparición de esos cuervos que, según ella, acarrearían grandes infortunios. En eso coincidían casi todos y muchos llegaron a afirmar que eran portadores de la bubónica, de la fiebre amarilla, la viruela, el mal del San Vito y, lo que era mucho más grave: de una plaga peor que la monila o mancha negra, que desde que llegaron, desflecaba las hojas de las plantas de cacao, dándoles la apariencia de una escoba idéntica a la que utilizan las brujas en sus maléficas correrías nocturnas. El Conde, con sus ojos oscuros hundidos, fijos en las bandadas que avanzaban una tras de otra por la margen izquierda del río Pula, movía la cabeza con desaliento. -¿Qué más nos vendrá, Dios mío, qué más nos vendrá? Creo que estamos siendo víctimas de alguna conjura, de algún maleficio o mala sombra. Todo lo que nos está pasando desde hace como veinte años, da para pensar en brujerías. -No es para tanto, compadre, no es para tanto, fue el comentario que hizo a sus palabras don Toribio Sierra, que había llegado de visita y que desde hacía mucho rato permanecía sentado en una silla junto a la hamaca, impávido e indiferente, como un pavo que en el jardín, y a pocos pasos de donde se encontraban, se protegía del sol bajo la sombra de un palo prieto. -Fíjese usted en estos pájaros. Algo se traen entre manos. Son como un anuncio, como un presagio de que peores cosas de las que hemos venido soportando, se nos vienen. Y es que vivimos a salto de mata y de tumbo en tumbo. Acuérdese usted del quince de noviembre del veintidós, cuando los cacahueros salieron a las calles de Guayaquil dizque para exigir mejores salarios y a lo que se dedicaron fue a saquear tiendas, almacenes, bodegas y todo lo que encontraban a su paso. Nunca habíamos visto un levantamiento semejante. Eso fue provocado por unos cuantos anarquistas que predicaban el nacimiento de un mundo igualitario y el final de la era capitalista. De no haber sido por la valerosa intervención del ejército, esos vándalos habrían dejado a esa ciudad en escombros. Dicen que hubo como dos mil muertos, pero ¿qué se podía hacer ante semejante desenfreno? Y después las cosas han seguido de mal en peor: bancos en quiebra, conspiraciones, golpes de Estado, dictaduras, huelgas mal paridas de obreros y estudiantes y un descontento generalizado. Para colmo de males, a más de las pestes que siguen arruinando los cacaotales, es la crisis mundial la que nos está llevando a la bancarrota a los dueños de los huertos, porque como han mermado las exportaciones, el precio de la fruta está por los suelos. Y además de esas calamidades, aquí por estas riberas, unos montubios levantiscos y ociosos, que jamás desquitan el salario que buenamente se les paga y que cuando usted quiere cobrarles lo que le deben, desaparecen alzándose con todo, pues aunque parezca mentira, lo hacen en complicidad con los tenientes políticos y los rurales, que son otra plaga en esta tierra corrupta. Para mí que estos vagos son más insaciables que las ardillas, ya que como ellas, nos roban la pepita de oro por toneladas. Este país ya no tiene componte y si así siguen las cosas, creo que en muy poco tiempo nos estaremos yendo como para la mierda. -Así ha de ser compadre, así ha de ser fueron las últimas palabras de don Toribio al momento de montar en su alazán y despedirse con un "ya nos veremos" afable, pero seco. El Conde lo miró partir, movió la cabeza con desaliento y sin dejar de balancearse en la hamaca, en voz alta y rabiosa exclamó: -A mí nadie me comprende, carajo, y peor ignorantes como este pendejo de compadre. Luego, prendió un cigarro y llamando a la Dorotea mulata que gobernaba a su antojo la casa de hacienda desde la época de Don Manuel, padre del Conde, le ordenó que le sirviera más café negro. -Con esta van como seis mi patrón, le dijo la sirvienta en son de reproche, cuando le pasó otra taza.
El no le hizo caso y siguió meditando, porque algo más corroía su alma. -Yo no invito cholos a mi hacienda y peor a los fascinerosos, le había respondido don Tristán, molesto por la pregunta. -Puede ser cholo, pero es muy serio como hombre de negocios además, tiene el título de Conde y eso, en cualquier parte, es más que suficiente. -Eso es una patraña, ese majadero no tiene ningún título nobiliario. Lo de Conde es postizo. Es un apodo que le pusieron en París cuando asistió a un baile de disfraces vestido a la usanza de los cortesanos de Luís XV. Cuentan los que ahí estuvieron, que fue el hazme reír de la fiesta, porque era de lo más cómico ver a un cholo con peluca, librea tornasol y un vistoso lunar pintado en uno de sus cachetes. Todos se le burlaban diciéndole son excellence monsieur le Conde, pero él en vez de incomodarse, se regocijaba con el apóstrofe. Es desde entonces que tiene la concha de hacerse pasar como aristócrata. Además, ahora dizque asegura que procede de una linajuda familia española y que es emparentado con muchos de nosotros. ¡Qué audacia, qué descaro! Su respuesta fue recibida con carcajadas por los invitados y después no habían faltado los que le atribuyeran una serie de fechorías como aquella de la lagartera que mantenía en un estero pantanoso de su hacienda. Aseguraban que en esa tenebrosa ciénaga hacía arrojar no sólo a sus enemigos, sino que también a unos cuantos infelices campesinos para despojarlos de sus tierras. Y al referir con detalles cada caso, daban el santo y seña de sus víctimas y los perversos móviles de cada uno de esos crímenes. -Fue ahí donde pereció Horacio Quiñónez, que para entonces era nada menos que redactor social del diario El Mundo. Dicen que lo hizo matar por celos, porque según parece andaba en amores con la pilla de la Rachel. Cuentan que lo invitó a unos tragos a su hacienda y que cuando ya estaba jumo, hizo que sus secuaces lo arrojaran a la lagartera. ¡Figúrese lo terrible que será morir devorado por los cocodrilos! -¡Qué monstruosidad! Y todo por una putilla francesa de lo último, una demi-mondaine, una cocotte de las que en París frecuentan sórdidas garzoniers y lupanares, y que ahora pretende introducirse en nuestra sociedad, prevalida de su dinero y de aquel falso título de Condesa. Además, muchos de los presentes se quitaban la palabra para aseverar que ella, aparte de derrocharle su fortuna, le ponía cuernos de la manera más descarada. -Cuando él se ausenta, la grandísima, vestida con trajes transparentes, se acuesta en una gran hamaca adornada con plumas de avestruz y, una vez allí, les ordena a sus peones desnudarse y desfilar en su presencia para escoger al más aventajado. -Lo que quiere decir que el tal Conde es un gran cocu magnifique, porque es absurdo creer que no se haya dado cuenta de sus puterías. -Debe ser así, porque ella hace de su vida lo que le da la regalada gana; hay quienes aseguran, que para que no quede el menor rastro, la grandísima también hace arrojar a esos pobres infelices como piltrafas a la lagartera. Todos esos infundíos contra él y su mujer se los había revelado en la intimidad la Graciana, joven negra servicia de los Ávila y Mont Blanc, una noche de ardiente e insaciable amor en la lóbrega soledad de La Propicia. -¡Lo que le cuento, no se lo dirá a naides mi patrón, porque si saben que yo le hey contao, me matan! -Nadie se atreverá a tocarte mientras yo viva, negra de mi alma, así que no tengas miedo y sígueme contando. Y la Graciana le juraba que todo lo había escuchado mientras atendía a los convidados a esa fiesta que, según ella misma decía, había terminado en una orgía desenfrenada donde los jardines, las habitaciones y hasta los tendales para el secado del cacao, fueron estrechos para saciar la lujuria de la mayor parte de los asistentes. -¡Si usté hubiera visto los acuestes, y el quita que te tumbo! Mientras la escuchaba, una sonrisa amarga se dibujaba en su rostro y de la oscura cuenca de sus ojos salían ráfagas de odio. No era la primera vez que llegaban a sus oídos imposturas semejantes, pero lo que él jamás había imaginado era que Rachel también formaba parte de su odio y sus pasiones. Lo que digan de mí me lo explico, porque sé que lo hacen de la pura envidia, pero ¿por qué se ensañan con ella? ¿Qué motivo les ha dado? No niego que es veleidosa y hasta frívola, pero de ahí a que digan que es una ramera como lo son todas esas viejas malvadas, hay mucha diferencia. Aunque lo que más hería su amor propio, era haber llegado a constatar el menosprecio que le tenían, ya que para ellos él no pasaba de ser más que un pobre diablo, un don nadie, un cholo cualquiera con el que no podían tener amistad ni tratarlo con altura. Y al hacer memoria de sus relaciones con aquellas gentes, tardíamente lograba una clara explicación de los motivos que tenían para desdeñarlo. Qué pendejo he sido al no haberme dado cuenta de su hipócrita y solapada actitud para conmigo desde que nos conocimos. Son tan infames, que valiéndose de mil pretextos, hasta ahora ni siquiera permiten mi ingreso a su famoso Club de la Unión. Cuando pregunto los motivos, con el mayor de los cinismos me responden que mi solicitud sigue pendiente, en vista de que el número de socios es limitado y que de acuerdo con los estatutos tengo que esperar a que se produzca una vacante, ya sea por renuncia, ausencia definitiva del país o muerte de uno de los miembros activos. Olvidan los muy canallas todos los favores y derroches que les hice cuando en nuestra alocada juventud vivimos en París. Sin embargo, pese a los esfuerzos que con el transcurrir de los días hacía, para tratar de olvidar y restarles importancia a los malévolos comentarios que sobre él y Rachel se hicieron en aquella fiesta, no lo conseguía, y más bien se sentía a tal extremo ofendido, que con el menor motivo se irritaba. Por eso, tratando de evitar innecesarios conflictos con sus peones o con los que iban a la hacienda por negocios, recurriendo a un íntimo humor negro en el que solía refugiarse cuando tenía algún contratiempo enrevesado, al ver a unos patocuervos holgazanes posados en las ramas de un guachapelí, socarronamente se decía que eran idénticos a sus detractores, que en nada se diferenciaban, ya que tanto los unos como los otros eran pájaros de alto vuelo, que aparentaban candor e inocencia y que en el fondo eran diabólicos. -A los que están en ese árbol, apenas los conozco, pero no se necesita ser un vidente para pronosticar todas las desdichas que nos traen. En cambio a los otros, a los señoritos que viven encaramados en el de su genealogía, me los sé de memoria. Conozco de sus embustes, patrañas y mañoserías. Más de uno ha estado en graves aprietos con la justicia, pero como gozan de grandes influencias, han logrado que todo quede en el olvido. Lo mío puede y no puede ser, eso estaría por verse y si lo fuere, me pregunto si los que para ellos no somos más que unos pobres cholos, ¿no tenemos los mismos defectos, vicios y pecados? ¿No fueron ellos los que nos inculcaron sus hábitos, su moral y sus ideas? Se creen nobles y acrisolados, pero no son más que unos tristes patocuervos en desbandada. ¡Ah!, ¡algún día me las han de pagar esos ¡uaputas! Aunque no todos los de la fiesta se habían pronunciado en su contra, ya que, según la Graciana, entre los concurrentes hubo dos o tres que, cuando las burlas arreciaban, ridiculizándolo por lo que estaba haciendo en Palmito, salieron en su defensa argumentando que no podía decirse que todo lo que se había ingeniado eran cursilerías y mamarrachadas y que más bien, por lo atractivo de sus obras, a ese pueblito miserable y abandonado lo estaba convirtiendo en un París Chiquito. Pueda ser que yo me haya vuelto un rastacuero, pero ellos los que me escarnecen, ¿acaso no lo son? Se consideran unos tipasos por descender de unas familias de dudoso abolengo y, sobre todo, por haber vivido en Europa, cuando en el fondo no pasan de ser más que unos pobres pendejos, unos mamarrachos cualquiera. Ninguno debería olvidar que lo único que allá aprendimos fue a parrandear y a divertirnos a lo grande, pues orgías como las que mi negra ha presenciado, las tuvimos en París con desenfreno. Y es que esa metrópoli también a él lo transformó. Ahí dejó de ser el joven tímido, el modesto campesino receloso que miraba a los demás con humildad. A poco de chapurrear el francés, volvióse cínico, audaz y altanero, dedicando la mayor parte de su tiempo al ocio, la diversión y las mujeres. Fue lo que en buenas cuentas sacó de su residencia en París por cerca de una década, desde cuando fue enviado por su padre para que estudiara, para que adquiriese una profesión, sin que importase cual, con tal de que obtuviese un título ya sea de ingeniero, de agrónomo o en último de los casos hasta de poeta, de acuerdo a su afición o aptitudes, ya que para ese entonces se decía deleitándose su viejo ignoraba que, sin hacer mayor esfuerzo, también podía obtener el título de Conde. -¿Y qué más decían? -Que vusté patrón es mala gente, que se aprovechó de su papá, que lo engañó y le gastó la plata por montones. En lo de sus inconsecuencias con su padre, tenían gran parte de razón esos infames. Siempre se arrepintió de haberlo engañado, valiéndose de toda clase de artimañas. Le enviaba falsos certificados sobre unos supuestos estudios de ingeniería, a fin de exigirle más y más dinero para sus francachelas. Y en cuanto a ese anciano ya difunto, en aquella fiesta tampoco había escapado a las diatribas. Se habían ensañado contra aquel bisnieto de un peón concierto, traído de remotos tiempos en cuadrilla y a la fuerza desde las serranías, para que trabajase como desmontero en la hacienda Loma Larga de los patrones Izaguirre. -Dijeron que su papá les dejó en la miseria a esos patrones y que también era jefe de una banda de cuatreros que robaba ganados por Vinces, Daule, Boliche, Zapotal y Quevedo. Los infundíos contra su progenitor no eran recientes y por reiterativos, ya no tenían mayor significado, hasta el punto que en lo personal, tampoco a él le causaban demérito alguno. Lo que no podía admitir era el menosprecio que aún le tenían a un hombre que jamás les hizo daño y que supo comportarse leal, respetuoso y hasta sumiso con todos ellos. Pero ¿qué se podría hacer contra esos canallas? Por el momento, lo mejor era ignorarlos, no tomarlos en cuenta y en lo posible burlarse de ellos y ridiculizarlos hasta cuando llegase el momento de la revancha. Por eso fue que deliberadamente y evitando hacer el menor comentario sobre las relaciones de la Graciana, fingiendo reírse a carcajadas, comenzó a satirizar a los del festejo, ya que si la negra intrigante y maliciosa como era se hubiese dado cuenta de que estaba indignado, era capaz de salir a recorrer la comarca alborozada, llevando de boca en boca y como un trofeo cada una de sus reacciones. ¿Y qué decían de mí el Culo con Sueño, el Veneno Ledesma, el Cristo Apolillado y el Ladrón de Levita? -No sé quienes tan serán, pero les que de su mercé dijeron horrores, fueron casi todititas. -Qué chistoso lo que me cuentas. Así son mis amigos de jodedores, les gusta inventar toda clase de pendejadas solo para reírse y gozar un buen rato, pero no para hacer ningún daño y, pasando a otra cosa, también quiero que me cuentes negrita, ¿con quiénes se acostaron esa noche la Pava Ardiente, la Chancho en Bandeja, la Bello Animal, y sobre todo la Gusano de Seda que a mí me idolatra? Cuéntame todo sólo para saberlo, que a ti nada se te escapa. Mantenerse aislado en la soledad de la vieja casona de La Propicia, al Conde se le había hecho habitual, después de las confidencias de la Graciana. Evitaba en lo posible ir a Guayaquil, y sólo de vez en cuando aparecía en Palmito para dar un desganado vistazo a las obras que con tanto fervor había emprendido y de las que se habían mofado hasta el escarnio los asistentes a la soirée de don Tristán. Lo hacía en su cabriolé tirado por un percherón castaño y después de cruzar el puente de Saint Michel y de hacer un breve recorrido por unas cuantas calles pálidas y solitarias, como la rue Saint Placide, la de Sèvres o la de La Planche, llegaba a la Place de la Concorde, para luego dirigirse al Moulin Rouge a tomar unos copetines y charlar de las cosas del pasado -porque el futuro ya no le interesaba- con unos tres o cuatro hacendados venidos a menos, que eran de los pocos que con él mantenían buenas relaciones. En su recogimiento, tampoco dejaba de pensar con pasión en Rachel y en la maraña de intrigas que en su contra se habían tejido en aquella, para él nauseabunda bacanal de la Isla del Bejucal, dado que se negaba a admitirlas, pues le era imposible creer que ella fuese capaz del engaño y la perfidia. Todo eso no eran más que bellaquerías y patrañas de esos encopetados que hacían del chisme y la calumnia el leitmotiv de su vida mundana. Pese a todo, no podía desconocer que Rachel por pizpireta y engreída había conquistado la animosidad y antipatía de las señoras de la aristocracia, que no podían consentir que una vulgar mujerzuela, no les guardase el respeto y las consideraciones que se merecían y por ello se sentían ofendidas. Eso ocurría cuando en Guayaquil, por casualidad se encontraban en una peluquería, en un restaurante o en un salón de modas. Rachel las miraba con altanería, se pavoneaba y -lo que era peor- las despreciaba. El disgusto de esas matronas, era para él explicable y por eso le había pedido en varias ocasiones, que fuese afable con ellas. Aunque, pensándolo bien, la descortesía y el innato modo de proceder de su mujer, tampoco les daba el menor derecho para denigrarla, afirmando que era una casquivana, una midinette de la peor calaña. De todos modos esos comentarios, a más de quebrantar su espíritu, volvían a despertar en él antiguos celos y hasta ciertas dudas, jamás esclarecidas, sobre las virtudes de su amada. Pues al recordar el infortunado episodio con aquel engreído petimetre llamado Horacio Quiñónez -al que se habían referido con saña sus difamadores-, a su pesar se había visto forzado a reconocer en aquel entonces que, por su voluptuosidad y coquetería, en gran parte la culpa la tuvo ella. Eso ocurrió cuando luego de haberse casado en París, al retornar a Guayaquil en su compañía, decidió llevarla a La Propicia. Lo que equivalía a decir que fue en una época que por lejana, él la había sepultado en lo que sarcásticamente denominaba "la cripta del olvido" Mas ahora, reflexionando en las iniciativas que llevaron a un dramático final un suceso que por desgracia no pudo pasar desapercibido, recordaba que fue en un día opaco y brumoso -de aquellos que presagian infortunios- cuando inesperadamente arribó al pequeño muelle de madera de su estancia, una lancha de pasajeros de la que desembarcó un joven alto y bien plantado que al acercársele le manifestó que era periodista, que estaba escribiendo un libro sobre las tradiciones y leyendas de la provincia y que tenía necesidad de entrevistar a los descendientes de los valerosos caballeros que desde los tiempos coloniales se asentaron en esas lejanas tierras tropicales y no obstante el aislamiento, la incomunicación, los difíciles medios de transporte, las penurias y vicisitudes que tuvieron que soportar, gracias a su constancia y osadía, con el devenir de los años se convirtieron en terratenientes y en poderosos señores del cacao. -Siendo este el motivo de mi viaje, me he tomado la libertad de detenerme en su hacienda para tratar de ese tema con usted, por lo que le ruego brindarme una posada por unos poquísimos días. Durante las primeras dos o tres semanas el joven -que era un perfecto dandy- dio mucho de sí para agradar y entretenerlos con su charla amena, relatándoles una serie de picantes anécdotas relacionadas con su vida bohemia y sobre los amoríos y aventuras de encumbrados personajes porteños, pero siempre haciendo gala de lo que él significaba -tanto por su origen, como por su desempeño como redactor del diario El Mundo- en los altos ámbitos sociales. Rachel estaba fascinada. Le brindaba toda clase de atenciones y se sentía dichosa departiendo con él en su propio idioma, infinidad de asuntos relacionados con la vida y costumbres, del para ella extraño país que comenzaba a conocer. Sin embargo, el tiempo transcurría y los "poquísimos días" de estadía que había pedido, se prolongaban interminables, sin que dedicara un solo instante a indagar los sucesos comarcales del pasado, -que el Conde estaba listo a suministrarle, valiéndose de su propia versión- ni tampoco trataba de ponerse en contacto con quienes podían ofrecerle las informaciones en las que decía estar vivamente interesado. ¿Qué era lo que en realidad se proponía? ¿Por qué se mantenía en esa dudosa e inexplicable actitud? Se levantaba a deshoras para el desayuno y cuando los caballos estaban ensillados de paseo, casi siempre acompañado por Rachel, pero seguidos de cerca por un peón a quien se le había dado la consigna de no perderlos de vista, para informar con detalles todo lo ocurrido durante esas largas caminatas. Ese excéntrico huésped, en otras ocasiones, y por las mañanas, se entretenía pescando con una caña a orillas del río y después de almorzar nunca dejaba de tomar una prolongada siesta hasta la hora de la cena, terminada la cual se dedicaba a libar en exceso hasta altas horas de la noche. Por esta rara forma de comportarse, al Conde se le volvió un estorbo, un fastidio insoportable, sobre todo porque se vio obligado a no alejarse de la casa de hacienda, dejando de realizar sus diarios recorridos por la extensa heredad, ya que tenía la corazonada de que algo insólito habría de suceder si permitía que su mujer quedase por mucho tiempo en compañía de tan indócil y disoluto sujeto.
Y si bien era cierto que cuando alguna vez tenía que ausentarse por
unas pocas horas, nada significativo sucedía -conforme a lo que le
informaba la Dorotea- lo que él había presentido, inusitadamente
ocurrió una noche en que los tres estaban ebrios por haber bebido
champaña en demasía. El, que se hallaba dormitando en un sillón de
amplio respaldo, de pronto despertó sobresaltado con los gritos de
Rachel que se defendía porque aquel descarado, con una increíble
audacia, la besaba y manoseaba, tratando de poseerla sobre el canapé en
que se hallaba recostada. Fue cuestión de segundos. Haciendo un gran
esfuerzo, se levantó de un salto y abalanzándose contra el insolente, a
puñetazos y empellones lo sacó del salón y lo arrojó al jardín, donde
quedó tendido cuan largo era. Sin embargo, desde hacía pocos meses, algo había de extraño en su comportamiento, en su actitud para con él; cosa que lo intrigaba, ya que sin que existieran mayores motivos, al tratar entre los dos un asunto cualquiera, ella se exaltaba, le replicaba con acritud y en ocasiones hasta se ponía histérica, elevando el tono de voz hasta el paroxismo. Y lo que era peor, ya no se le entregaba como antes; se había vuelto suspicaz, recelosa y esquiva. Llegando al extremo de ni siquiera interesarse en sus asuntos, como solía hacerlo con tanto entusiasmo en los primeros años de su unión. No podía negar que era una mujer superficial y caprichosa, que vivía pendiente de lucir sus encantos como una vedette; que se gozaba vistiendo elegantes atuendos de alta costura, haciendo gala de las finísimas joyas que él le obsequiaba. ¿Por qué cambió, cuál era la razón de su reticencia e inexplicable nueva forma de comportarse?, ya que ni atando cabos, ni escarbando en el fondo de todo lo ocurrido durante los largos años de su vida conyugal, encontraba motivos suficientes para pensar que habría dejado de quererlo y estuviese buscando un pretexto cualquiera para separarse y terminar para siempre con lo que hasta entonces había sido, una armoniosa y apacible unión. Recluido en la vieja mansión campestre, el Conde ya no trabajaba como antes. A muy pocos dirigía la palabra y pasaba las horas como ausente, unas veces pensando en su mujer y otras evocando a su padre, en ocasiones con resquemor y en otras con admiración y respeto. Añoraba a ese ser hasta cierto punto extraño, al que en su infancia no amó, porque aparte del temor que le inspiraba, lo consideraba abyecto. Torturaba y traicionaba a su madre con todas las mujeres a su alcance y era duro e implacable con sus hijos y con quienes de él dependían. Procedía así por ser un hombre recio, un caporal de mano dura, máxima autoridad en un feudo al que muy de tarde en tarde iban sus dueños y cuyos línderos se extendían desde las riberas del río Salitre -que circundaba la mansión señorial- hasta los confines de la extensa sabana y desde allí trepando y bajando cerros hasta donde la voluntad de los amos lo imponía. Pero todo cambió de improviso. Ocurrió como por arte de magia, ya que de pronto su progenitor se convirtió en un potentado, en un personaje equiparable a los "gran cacao", a los poderosos señores a los que había servido desde su infancia. Fue una mutación increíble, porque era muy difícil admitir que un cholo montaraz, ignorante y servil, de la noche a la mañana hubiese llegado a su altura. De ahí el dilema, las sospechas y todo lo que de él, y en su menoscabo, se seguía conjeturando, pese a los años transcurridos. Todo lo que se decía no eran más que marrullerías. Su padre jamás robó, asaltó o capitaneó banda alguna de cuatreros y si algo logró distraer en más de cincuenta años de duro trabajo, no pasó de unas pocas reses, unos mulares, un lote de terreno en una montaña distante y de difícil acceso, y nada más que valiese la pena. Sus amos; que vivían en París, eran tan cicateros. Otra muy distinta y, por fantástica, difícil de creer, era su verdadera historia. Se trataba nada menos que de un hallazgo, del descubrimiento de una huaca, un tesoro oculto en lo profundo de la tierra, de tan absurda e increíble evidencia, que ningún otro mortal, por soñador e iluso que fuese, habría tenido la insensatez de buscar. El fue la excepción. Fue quien lo hizo, quien emprendió esa loca aventura, pese a lo absurdo y quimérico de sus visiones. De ese tesoro se había venido comentando durante centurias en toda la región. Era como una leyenda, un cuento de hadas que se iba transmitiendo de boca en boca y de generación en generación, y que su padre también se la sabía de memoria, pues allí nació, creció y se formó. Una historia de la que él a su vez se reía, al igual que la mayor parte de los que habitaban esa comarca, ya que estaba convencido de que no pasaba de ser más que una fábula, una fantasía o una de esas ilusas consejas que contaban los viejos; al calor de los tragos en noches de tormenta.
Se decía que en remotos tiempos coloniales uno de los señores Yzaguirre
se volvió loco y que, sorpresivamente, un día llegó a su hacienda en
una balandra, portando un pesado cofre de bronce repleto de joyas y
monedas de oro y plata, dizque para salvarlo de las garras voraces del
pirata Dampier que -según afirmaba en el colmo de su delirio- había
incursionado en el Golfo y al haber ocupado la isla de Puná, estaba
presto a invadir el puerto guayaquileño para saquearlo. Que aterrado
como estaba, la misma noche de su arribo obligó a dos de sus esclavos a
cavar un hoyo a pocos pasos de la casa de hacienda y que, una vez
terminado, les ordenó enterrar el arcón en los más profundo. Que, de
inmediato, y antes de cubrirlo de tierra, hizo que ahí sembraran un
roble, que al crecer, habría de servir como un indicio o señal del
lugar donde quedaba sepultado. Que cuando los siervos terminaron la
tarea, el feroz maniático procedió a degollarlos. Esa era la historia a la que nadie daba crédito, hasta cuando una madrugada Manuel Méndez, para entonces conocido también como Manuel Munango -el apellido de su progenitor-, al volver de Palmito un tanto ebrio después de una parranda, vio en el jardín una fluorescencia, un ligero resplandor, una tenue luz difusa en el preciso lugar donde años antes se había erguido frondoso el roble de la leyenda, pero del que sólo quedaban unas grandes raíces retorcidas como tentáculos de momificado. Méndez estuvo a punto de perder el juicio ante semejante visión. Lo que veía no lo creía y en el instante en que iba a llamar a gritos a su mujer y a sus hijos para que constatasen el hecho sobrenatural, se detuvo, porque en medio de su confusión pensó que tratándose de un milagro, sólo a él, exclusivamente a él le correspondía develar el misterio.
Desde esa misma noche y cuando la prodigiosa luz dejó de irradiar,
comenzó a preguntarse si lo que había visto era real o imaginario, o si
había sufrido una alucinación a consecuencia de los tragos. Así fue como desde la madrugada del día siguiente, se mantuvo noche tras noche en acecho, vigilando sin pestañar desde el soportal de la mansión, el sitio donde yacían carcomidas las raíces del roble, en la esperanza de que la misteriosa luz volviese a aparecer. Pero como no volvía, como todo el entorno permanecía en tinieblas, agotado en sus desvelos, se sentía tan defraudado que hasta pensó en largarse para siempre de esa tierra engañosa que a él no le había dado otra cosa que un trabajo mal remunerado y una existencia miserable. Pese a todo, después de mucho meditar, persistió en su afán de descubrir ese inescrutable arcano. Y fue así como -transcurridas largas noches de insomnio y cuando en un amanecer ya no se escuchaba más que el silbido del viento atrapado como un fugitivo en la arboleda- decidió emprender la búsqueda, excavando la tierra. Lo hizo desbrozando a hachazos las gruesas raíces del árbol muerto, para dejar al descubierto el sitio donde suponía que estaría la huaca y, a partir de entonces, en medio de la oscuridad, trabajó sin descanso, por cerca de unas tres semanas, noche tras noche, hasta cuando las aves anunciaban con sus trinos la llegada de la aurora. Por fin un amanecer, cuando ya había excavado la tierra hasta lo más profundo, el barretón del que se servía vibró al chocar con violencia con algo tan duro como una roca, que al ser nuevamente impactado produjo un sonido metálico estridente, que a Méndez lo hizo estremecer a tal punto, que si no hubiese reaccionado de inmediato, haciendo un gran esfuerzo para dominarse, poco faltó para que fuese víctima de un infarto. Sin dejar de balancearse en su hamaca, tomando taza tras taza de café y fumando sin descanso, el Conde de Méndez pensaba que ese hallazgo, ese descubrimiento que inesperadamente enriqueció a su padre, también fue para él providencial, ya que de infeliz muchacho labriego sin porvenir ni atributos, se transformó en magnate. Todo cambió desde entonces, todo adquirió otras dimensiones. Hasta el áspero carácter del viejo se tornó apacible y sosegado. Se volvió tan generoso, que de no haber sido por él, su estadía en ese París de ensueño, al que sólo tenían acceso los señoritos de tez blanca, propietarios de los huertos, ni siquiera la habría imaginado. Rachel, su idolatrada Rachel, después de esa primera ocasión en que se vio obligada a permanecer por cerca de tres meses en La Propicia, mientras se hacía la cosecha del cacao, sólo de tarde en tarde lo acompañaba en sus frecuentes viajes a la hacienda. Para justificarse, pretextaba lo riguroso del clima, la soledad y el horror que les tenía a los mosquitos, los alacranes, las cucarachas, los zancudos y las serpientes; pero lo que más la estremecía eran los lagartos, esos monstruos anfibios de escamas verdosas, que se lanzaban desde las riberas al paso de la embarcación en la que viajaban, para seguirla con sus fauces abiertas durante largos trechos. Cuando los vio por primera vez, dio alaridos de espanto. El capitán del vapor y los marineros, al verla así, no pudieron dejar de reír a carcajadas y ella, indignada, maldiciéndolos en su idioma, juraba que jamás retornaría a ese infierno. Pese a todo, no pudo cumplir con su promesa ya que llegados los veranos y ante las súplicas de su marido, accedía a volver para permanecer en la hacienda por cortísimas temporadas. Lo hacía de muy mala gana y cuando eso ocurría, a más de un equipaje innecesario en esas latitudes, llevaba para su servicio personal a todo un séquito de criados, a los que se sumaban una manicura y una peluquera. Pero, ¿cuál era la verdadera razón de su negativa? Aparte de su temor a los insectos y a los reptiles, ¿por qué despreciaba el encanto de los campos, la belleza de sus ríos y el aroma de sus frutos? ¿Cuáles eran las razones que tenía para no estar junto a él en su Mae Maison que al haber sido restaurada, estaba hermosa y confortable? Eso era lo que le preguntaban al Conde, don Juan de Lizarzaburo, don Alberto de Casa Aragón y don Antonio Lascano, con quienes se reunía de tarde en tarde en el Moulin Rouge de Palmito. -Ustedes, que como yo, han vivido en París, deberían comprenderla y darle la razón, porque una cosa es habitar estos parajes inhóspitos y otra muy distinta el hacerlo en la ciudad más bella de la tierra. Rachel es tan sensible y soñadora, que cuando tuve la suerte de encontrarla una tarde mientras paseaba en Les Champs Elyses, al hablarle de nuestro país -sobre el que no tenía la menor idea- se entusiasmó tanto, que llegó a decirme que le encantaría conocerlo. Esa actitud emotiva y sentimental fue la que, poco tiempo después, decidió mi matrimonio. Ella se sintió feliz cuando venimos a residir en el puerto. Eso fue en los primeros tiempos. En la actualidad se halla decepcionada, debido a los prejuicios y al egoísmo de nuestras gentes, que en su caso, lejos de ofrecerle amistad, deliberadamente la desdeñan. Eso les consta a ustedes, ya que nuestra sociedad es así: rechaza y hasta ofende a los que no considera de su clase. Ese "todo para mí y nada para ti", es lo que norma sus relaciones. Como ella es extranjera y tiene un carácter muy independiente, ajeno a la adulación y al engaño, es mal mirada e incomprendida. Pero hay que tener paciencia; espero que poco a poco se vaya aclimatando y que, al no sentirse a gusto en la ciudad, decida pasar por largas temporadas junto a mí, en La Propicia. ¿Tomamos otro trago? El Conde les hacía estas confidencias, porque eran de los poquísimos amigos en los que todavía confiaba. Ellos fueron los únicos que no lo denigraron, ni de él se burlaron, en aquella famosa fiesta de don Tristán. La camaradería con esos señores nació en París, cuando aún eran jóvenes, y pese a los años transcurridos se mantenía inalterable, sobre todo porque en más de una ocasión y con desprendimiento, él los había ayudado a salir de sus problemas, asediados como estaban por un banco que los amenazaba con el embargo de sus propiedades. -Ah mi querido Felipe, tú siempre has sido un Don Juan, un loco enamorado de todas las mujeres. Por todas has perdido la cabeza. No niego que Rachel sea una mujer hermosa, agradable y que te quiere y es por eso que me permito insistir en que debería acompañarte, porque nadie puede vivir solitario en estas lejanías. -Lo que pasa es que ella todavía prefiere Guayaquil, no obstante que también se queja de la falta de confort y de amistades. -Pero si ahí tienes tú una preciosa casa en pleno Boulevar y una impoluta y brillante limosina, que ya nos la quisiéramos tener cualquiera de nosotros. En cuanto a las amistades, no creo que le falten, porque siempre se la ve muy bien acompañada. El Conde se puso tenso ante esa velada insinuación de don Antonio Lascano y haciendo esfuerzos para controlarse, luego de un brindis, de inmediato cambió el tema de conversación. -Pasando a otra cosa, quiero pedirles su sincera opinión sobre los grandes adelantos que de puro pendejo he hecho en este pueblo y que en vez de merecer acogida, son objeto de estúpidas críticas por una serie de gentes que no me estiman. Todo lo he realizado por mi propia iniciativa, sin ayuda de nadie y, modestia aparte, muchos de los fondos que se han utilizado en estas obras -que con el tiempo atraerán a cientos de turistas- han salido de mi bolsillo. Este Moulin Rouge, que hasta la fecha no me produce un centavo, creo que es un restaurant elegante y confortable, mejor que cualquiera de los que hay en Guayaquil. Aquí se darán grandes fiestas, grandes convites en el futuro. Ya les veo a ustedes divirtiéndose a lo grande, como lo hacíamos en las boitetes de nuits parisinas. -En eso estamos de acuerdo, tú has hecho cosas muy interesantes, pero dinos si seguirás gastando tiempo y dinero en más innovaciones. -Después de las barbaridades que se han dicho, aquí doy por terminados mis sueños. Ya no haré más estupideces. Terminaré lo que he iniciado y ¡pare de contar! Porque sería absurdo dejar inconclusas las obras que tanto trabajo y dinero han costado. Es por eso que aquí, entre amigos, quiero que me digan con franqueza: ¿qué opinan del puente sobre el río Pula que con grandes esfuerzos logré realizar? Para mí que es la mayor obra que se ha hecho en la provincia y es por eso que lo he bautizado San Michel, ¿qué les parece? Otra de mis boutades es la reconstrucción de la iglesia, que muy pronto y después de un convenio al que he llegado con el párroco, se llamará Notre Dame, pues está ubicada en lo que ya se conoce como la Place de la Concorde, muy cercana al Obelisco. Si Dios me da vida y, como les decía, para no dejar sin terminar lo que ya se ha comenzado, pronto tendremos un boulevard que como el de la cité, llevará el nombre de Saint Germain. Además, gracias a mi constancia he logrado convencer a gran parte de las gentes de este pueblo de ignorantes, que le llamen Bois de Boulogne a todo el monte que lo circunda. A más de todo eso, y de mi propio peculio, estaba haciendo ampliar las calles principales y a esta ribera la iba a adoquinar, para que en algo se pareciese al Rive Gauche, en cuyas cercanías tuve la suerte de residir. -Pero, a más de todo esto, ¡qué otras maravillas estabas imaginando para que este muladar se parezca a París? -No quisiera mencionarlas, pese a que no puedo ocultar algunas obras como la de la Casa Comunal, que aunque reducida y modesta, será idéntica al Hotel de Ville. En fin también estaba planeando construir una torre, que pese a su sencillez y a que no se hubiera podido erigir con hierro forjado, sino con madera de mangle, en algo se hubiese asemejado a la monumental Torre Eiffel, porque a más de atractiva, pudo haber servido para instalar en su atalaya los tanques de agua para el servicio de la población. Eso es todo, pero se sorprenderán ustedes que, pese a las infames críticas que se me hacen, los del poblado están felices con estas transformaciones. Para que ustedes tengan una idea, les cuento que doña Efigenia Montes a un almacén que va a abrir a pocos pasos de aquí, le llamará Le Chic Parisien y que el turco Asaid Eljamalín, a la tienda de casimires de frente al muelle le ha puesto Le Petit Libané. Los señores se divertían a rabiar escuchándolo, y pese al afecto que le profesaban, pensaban que en el fondo tenían mucha razón los que se habían burlado de él, porque sólo aun meteque se le podían ocurrir semejantes excentricidades. -No cabe duda que eres genial - le dijo el señor de Casa Aragón, haciendo esfuerzos para no reírse a carcajadas; y don Juan de Lizarzaburo, dándole de palmadas en la espalda, celebraba sus ocurrencias y le sugería otras realizaciones. -¿Por qué no le pones La Bastilla a la casa de la esquina que fue de los Durán y que hace años fue destruida por un incendio provocado por manos criminales? Y a la final, solazándose con sus sarcásticas bromas, también le propusieron que al río que bordeaba la población le cambiase de nombre y le pusiera Sena, y que a un barrio habitado por unos afuereños procedentes de la sierra, le denominara Barrio Latino. -Ya les dije que no quiero emprender en ninguna otra obra. Sin embargo, se lo consultaré a Rachel, que fue la que me dio algunas ideas y que estoy seguro ha de venir a este lugar con frecuencia cuando haya terminado con todo lo que he proyectado. -A propósito de Rachel -le dijo don Antonio Lascano interrumpiéndole-, parece que es muy amiga de Roberto Albizú, porque con él se pasea en tu limosina y muchas veces la hemos visto en su compañía en los teatros o tomando té en el Fortich. -Estás equivocado, Antonio, no es con Roberto con quien anda, es con su hermano Lautaro, que no hace mucho regresó de París al quedar viudo, aclaró don Juan de Lizarzaburo. -Tienes razón, es con Lautaro. Lo que pasa es que son hermanos gemelos y uno nunca sabe cual es Roberto y cual Lautaro. Para el Conde esta revelación fue tan inesperada, que su rostro cetrino se encendió por la ira y estuvo a punto de levantar la mano para darle una bofetada a su insidioso amigo, pero se detuvo en el preciso momento de intentarlo y, tratando de esbozar una sonrisa, con los labios temblorosos y la mirada esquiva, le respondió: -Sí, Rachel me ha contado que es bastante amiga de uno de los Albizú; que muchas ocasiones se encuentran con él en ese salón y a veces van al teatro o se pasean. Viviendo como vive tan aislada, ¿acaso no tiene derecho a compartir con personas que la estiman y que además dominan su idioma? Acto seguido pidió otra botella de coñac y como si nada hubiera ocurrido, siguió tomando y riendo con sus amigos hasta cuando una tenue luz turbia, que penetraba por los ventanales del Moulin Rouge, les advirtió que estaba amaneciendo. ¿Por qué has venido tan preocupado? le preguntó Rachel cuando el Conde de Méndez llegó una noche de improviso a su casa del puerto y sin saludarla cruzó por el vestíbulo para dirigirse a su dormitorio privado. -¿Qué te sucede? insistió Rachel, saliéndole al paso. ¿Tuviste algún problema en la hacienda o alguien te ha hecho una mala pasada? El no le respondió, se encerró en un cuarto y de ahí no salió hasta cuando, al siguiente día, se escuchó el toque de campanas del reloj de la cercana iglesia franciscana, dando las diez de la mañana. Sólo entonces y ante los insistentes ruegos de la mujer, pidiéndole explicaciones por la extraña forma en que procedía, con mucho desagrado le respondió que estaba preocupado, porque con la llegada de unos pájaros de malagüero, llamados patocuervos, una plaga conocida como la "escoba de la bruja", estaba arrasando los huertos de cacao. -Yo no sé qué hacer. Esa peste nos va a llevar a la ruina, porque no tengo la menor esperanza de salvar mis cultivos. -No deberías preocuparte tanto. Ese mal será pasajero, como sucede con cualquier epidemia. Además, no tienes que darle mucha importancia, ni pensar que te vas a quedar en la miseria, porque a ti lo que te sobra es el dinero. -No sólo es la peste lo que me tiene abatido; lo que yo tengo es peor. Mi mal es el de la soledad, el del abandono y la tristeza, que a mi edad es un mal que no tiene cura. Rachel lo abrazó y besó en la boca y luego de reírse de muy buena gana, le dijo que no se sintiera solitario ni abandonado, que ella siempre pensaba en él y que estaba dispuesta a hacer todo lo que fuese necesario para que se sintiera feliz. -¿Por qué te niegas a ir a la hacienda? ¿Por qué no vas a ver todo lo que he hecho en Palmito, que ha sido por ti y para ti, para que allá, en cierto modo, te sientas identificada con tu patria? -Te juro que iré a acompañarte desde el próximo verano, pero te ruego que no me exijas que me quede ahí para siempre. Te hago este pedido, porque bien sabes que no puedo soportar ese clima cuando llega el invierno y, sobre todo, vivir junto a esos lagartos monstruosos a los que les tengo pánico. El no le respondió, se quedó mirándola como si fuese una extraña y de inmediato se dirigió a un pequeño bar instalado en la sala, tomó una botella de Le Courvoisier, se sirvió una copa y después, con extremada parsimonia, se sentó en un sillón y permaneció largo tiempo acariciándose la barba, haciendo todo lo posible para no mirarla, ni dirigirle la palabra. Rachel se le acercó balanceando sus caderas como una bayadera, se sentó sobre sus piernas y le propuso salir por la tarde a tomar el té en el Fortich y después ir a un cine, a fin de distraerse y olvidar toda clase de preocupaciones. Ante sus insistentes ruegos y fingiendo que lo hacía por complacerla, el Conde aceptó la invitación ya que ir a ese salón en su compañía era precisamente lo que había planeado desde cuando se enteró que era allí donde ella se reunía con el joven Albizú. Y fue así como alrededor de las cinco de la tarde y tomados del brazo se dirigieron a ese elegante bar de puertas giratorias, mesas de mármol, sillas de Viena y grandes espejos que adornaban sus paredes, ubicado muy cerca de su residencia, y al que concurrían diariamente emperifolladas damas y elegantes caballeros, vestidos de dril blanco, corbatín de lazo, bastones con empuñadura de oro y plata y chambergos de toquilla de ala ancha arriscada. Rachel y el Conde se instalaron en una de las mesas y mientras esperaban ser atendidos, inesperadamente apareció un hombre alto, trigueño, de ojos claros, que al verlos, muy sorprendido y notoriamente turbado, en vez de saludarlos, giró hacia la izquierda dando una media vuelta y a grandes zancadas salió del lugar por la primera puerta que estuvo a su alcance. -¿Qué le sucede al pendejo de Lautaro, que en cuanto nos vio puso cara de espanto y salió despavorido? ¿Por qué se asusta, o es que tiene algo contra ti o contra mí?, le preguntó el Conde a Rachel, desafiándola con la mirada. Pero ella, al parecer sin inmutarse y sonriendo, le dijo que no tenía porque saberlo y que tampoco creía que su forma de conducirse tuviera nada que ver con ellos. -Debe estar preocupado por algo que a nosotros ni nos va ni nos viene. -En cambio yo si sé los motivos que tiene para salir corriendo como alma que lleva el diablo. Ese miserable mamarracho muy pronto tendrá que rendirme cuentas y si no lo hace, que se atenga a las consecuencias. Rachel, un tanto desconcertada, no atinó qué responder, sacó su neceser y se pintó los labios de rouge. Luego, tomando una de las manos de su esposo, le pidió no prestar atención a asuntos tan pueriles y pasajeros como ese, diciéndole además que sería ridículo pedirle explicaciones por un disparate sin importancia. -No es así le respondió el Conde indignado-, el estaba obligado a saludarte porque es uno de tus más íntimos amigos. Con él te paseas en nuestra limosine, vas al teatro y vienes a este salón casi todos los días. -Eso es mentira -replicó ella con aspereza-. Cierto que es mi amigo desde cuando lo conocí en París. Tú me lo presentaste diciéndome que se trataba de un caballero y que era hijo de uno de tus mejores amigos. ¿Te acuerdas? No sé por qué me vienes ahora con esas impertinencias. ¿Es que yo no tengo derecho a hablar con nadie? ¿Quiénes te han metido en la cabeza esas tonterías? Si algunas veces me he encontrado con él en este sitio o lo he llevado en el carro cuando me lo ha pedido, ha sido por casualidad. Así que no se trata de un amigo íntimo, ni mucho menos, porque muy bien sabes que, aparte de ti, no tengo a nadie. Pero lo que te advierto es que si estás buscando un pretexto para alejarte de mí, desde ahora te exijo que no te valgas de esta clase de idioteces y me lo digas franca y abiertamente, para saber a que atenerme. -Escucha, Rachel, si te digo estas cosas es porque sé que andas con él con mucha frecuencia y porque estoy seguro que a eso se debe el que hayas cambiado tanto. Ya no eres la misma, tú ya no me quieres. Nada de lo mío te interesa, a tal extremo, que te niegas a acompañarme a la hacienda valiéndote del estúpido pretexto de los lagartos. Es tu único argumento, pero en el fondo, lo que pretendes es hacerme insinuaciones malignas sobre aquella supuesta lagartera de la que tanto hablan mis enemigos. Es decir que al hacerte eco de sus villanías, eres tú y no yo, la que busca un pretexto para que nos separemos. Pero te cuento que tampoco estás libre de las mismas acusaciones, ya que de ti también se dice que utilizas a los lagartos con fines tan horrendos, que no me atrevo a repetirlos para no ofenderte. Sobre estas y otras porquerías que se comentan para hacernos daño, no me extrañaría que tu amiguito también sea uno de nuestros detractores, ya que todos estos hijos de puta, que se las dan de aristócratas, son cortados con la misma tijera. -Pero eso no puede ser, porque él jamás ha dicho nada contra ti -le respondió Rachel protestando-. Para que sepas, son tus mismas sirvientas, tus propias criadas, las que me han contado que tienes una lagartera en la hacienda. Yo nunca quise decírtelo, pero en tu propia casa se hacen esos comentarios. En cuanto a mí, que digan lo que les dé la gana, que yo jamás los tomo en cuenta ni les hago el menor caso. Las viejas putas que me desairan son las autoras de todo. Pero valga la oportunidad que me has dado para confesarte que si no voy a La Propicia es porque me horroriza ese lugar, donde me siento como una prisionera condenada de por vida al destierro y que no es por la tal lagartera, que a mí me tiene sin cuidado, o porque haya cambiado y dejado de quererte. Por eso te suplico que no sigamos hablando de un asunto que nos hace tanto daño, que no hagamos caso a las habladurías y que me sigas amando como yo te amo. La respuesta de Rachel, por inesperada, y por su franca manera de expresarse, le causó al Conde una grata impresión y de inmediato lo hizo cambiar de actitud. Por ello, con una voz un tanto trémula, le dijo:
-Rachel, yo no quiero distanciarme y menos separarme de ti. Solo te
pido que no hagas caso ni creas en nada de lo que se diga de mí, y que
para demostrarme que todavía me quieres, dejes de andar en compañía de
esos niños bien, que nada valen y que nada pueden significar para ti. Cuando escuchaba el aullido de un perro, el trote ligero de un caballo o los cautelosos pasos de algún noctámbulo viajero, tratando de seguir en las tinieblas la huella del sendero que conducía al lejano poblado, Carriel poníase al acecho, buscaba a tientas la carabina que colgaba de la pared de caña guadúa junto a su lecho, la tomaba en sus manos acariciándola y aguardaba. Así permanecía por largo tiempo alerta, vigilante, sin hacer el menor movimiento, hasta cuando cesaban los latidos de la noche. Después, y en la certeza de que nadie lo asediaba, y de que aquellos murmullos no eran más que alucinaciones de su mente afiebrada, respiraba aliviado, hacía con su mano la señal de la cruz y, luego, seguro de sí mismo, trataba de conciliar el sueño interrumpido. Pero un calor enervante y el zumbido incesante de centenares de zancudos revoloteando alrededor de su cuerpo, se lo impedían. A ese rigor estaba sometido desde cuando tuvo que ocultarse en aquel desolado paraje, en obedecimiento de las órdenes recibidas. No salir del lugar, no hablar ni verse con persona alguna, así fuese mujer, era una de las consignas a cumplir. Solo la vieja Petrona (mama Petra), lívida como un espectro y con las manos manchadas por la pena, que le recordaba a su madre por sus gestos, su actitud esquiva y su constante suspirar era el único contacto humano que tenía. En horas nunca puntuales y siempre tardías, le llevaba su yantar, pero él no tenía la menor idea acerca del lugar de dónde venía, ni en donde habitaba. Al preguntárselo, no respondía. Se limitaba a hacer una vaga seña con la mano, sin precisar ninguna dirección. Era una mujer agria, que se negaba a brindarle amistad; actitud que le empezó a preocupar, porque siendo así, era dudoso confiar que estaría dispuesta a guardar el secreto de su cautiverio. La soledad lo deprimía. Por eso esperaba ansioso las instrucciones que, de acuerdo con lo pactado, habría de recibir sin previo aviso y en cualquier instante, cual una ráfaga de viento inesperada. Eran interminables esas horas muertas, en las que durante el día tenía que mantenerse atisbando la sabana, desde un estrecho vano abierto en la pared de caña guadua de la única pieza de la planta alta de un rancho abandonado, que se levantaba por entre los zarzales de una colina; y por las noches, agazapado en la oscuridad del miserable aposento, que alguna vez debió haber servido para alojar a peones que mucho tiempo atrás habrían estado a cargo del pastoreo de hatos de ganado o de la vigilancia de los cacaotales en tiempos de cosecha. Nada cambiaba en su entorno. Ni las vibraciones del viento azotando las copas de los árboles, el croar de las ranas, ni el distante rumor de las aguas del río. Todo era lejanías. Lo agobiaba no tener con quien hablar de amoríos al alero de unos tragos; de peleas de gallos, de lo que se dice o no se dice sobre el fulano y la zutana, o de los sucedidos en campos y poblados. Y en medio de ese desamparo, había momentos en que se arrepentía de haberse comprometido a correr un riesgo que le podría ser fatal. Porque matar a un sujeto de otra especie, asesinarlo inopinadamente sin medir las consecuencias, no estaba en su haber. Este caso era diferente y nada tenía que ver con aquellos otros en los que el coraje, la audacia o el instinto, fueron los decisivos, ya que según se le había dado a entender, se trataba de un hombre pudiente, de un señor dueño de haciendas, de todo un patrón. Pese a todo, esas vastas llanuras sin contornos -diferentes a las montuosas tierras manabas donde formó su vida arrebatada-, por el verdor de sus prados, la frescura del aire, el canto de las aves y el arrullo armonioso de sus ríos, lo volvían al pasado. A los ya dispersos tiempos de su infancia y de su adolescencia, trayéndole a la memoria un cúmulo de ausencias que lo hacían pensar que su vida pudo haber sido tranquila, sin excesos ni violencias, apacible como la de cualquier labriego, si no hubiera ocurrido lo que paso aquella noche fatídica. -¡Está muerto, está muerto! ¡Lo has matao, hijo mío, lo has matao! Ese fue el primero. Y sucedió cuando apenas tenía unos dieciocho años. Lo mató a machetazos, cuando una madrugada Anacleto Bastidas llegó borracho al hogar -como era su costumbre-, y agredió a la vieja brutalmente. Carriel se lanzó arma al brazo, no sólo para defenderla, sino también porque lo odiaba, ya que se trataba de un truhán que en nada se ocupaba y que a poco de que su padre los abandonó para irse tras de una moza, se apropió del hogar y aparte de explotarlos, los maltrataba. Haciendo grandes esfuerzos, y con la ayuda de su madre arrojó el cadáver al río por una de las ventanas de la vivienda y cuando trató de huir, ella, poniéndole las manos, le imploró que no lo hiciera, porque si se iba, la dejaba sola y abandonada. Además, no era necesaria su fuga, convencida como estaba de que nadie llegaría a saber lo acontecido, puesto que los lagartos, esa misma noche, se encargarían de no dejar el menor rastro del malvado. Mas, no fue así. Alguien al siguiente día encontró el cuerpo flotando en la corriente y embarcándolo en su canoa lo llevó al pueblo. Otro alguien refirió que la noche anterior había escuchado una gran gresca en casa de doña Dolores de Pincay, y que momentos después, unos ayes moribundos se habían esparcido por los alrededores de esa vivienda, levantada sobre un barranco junto al río. Que no quiso intervenir, ni con nadie comentó lo ocurrido, porque no siendo un entrometido, nada tenía que hacer con peleas ajenas. Y hubo otro más que aseguró que cuando él, en la madrugada, se aprestaba a descolgar sus redes aparejadas en un entarimado, para salir de pesca, vio desde la otra oriIla que un bulto pesado como un fardo repleto de cacao, era arrojado al agua y que por la distancia no supo distinguir si era de animal o de cristiano. Fue entonces cuando Carriel, con la anuencia de su madre, decidió escapar. El monte se cerraba a su paso cada vez que desviaba una ruta para sortear pequeños huertos, barracas o bohíos. Caminaba como a tientas en busca de otra senda en la espesura, pero al encontrarla, muchas veces se detenía y cambiaba de rumbo, por temor a encontrarse con gentes a quienes hubiese tenido que rendir cuentas de su errante vagar en la manigua. Había perdido la noción del tiempo y hubo momentos en los que pensaba que era mejor desistir de la fuga y entregarse; pero cambiaba de parecer al recordar la voz plañidera de su madre que, cuando el Teniente Político inició las investigaciones, adoptando una nueva postura, clamorosamente le rogó que huyera y nunca más volviese a ese pueblo miserable, hundido en el fango y las aguas del río, donde habían llevado una vida triste y desvaída, sin el menor asomo de algo que les diera felicidad. El hambre, el cansancio y el calor lo extenuaban. Apenas podía tomar un ligero descanso durante las noches, cuando para hacerlo tenía que guarecerse en un rastrojo, un corral o, en el peor de los casos, trepado sobre las ramas de un árbol. Además, se hallaba extraviado y, por más que lo intentaba, no lograba dar con el derrotero que antes de escapar y muy secretamente, le había trazado en una hoja de papel arrugado, don Jacobino Estrella, viejo trotamundos, que sabía de memoria todos los atajos y senderos secretos de la montaña. -¿Por aquí se va a Palmito?, fue la pregunta que tuvo que hacerle de sopetón a un hombre que lo sorprendió, cuando se disponía a sumergir su sudoroso cuerpo en un arroyo. El hombre, escopeta en mano y machete al cinto, no le respondió. Se quedó mirándolo desconfiado, examinándolo de pies a cabeza, como si fuese un animal raro. Permaneció así por largos minutos, hasta que al fin, haciendo un gesto mohíno con los labios, le dijo: -¿Y tú quién eres y pa qué me lo preguntas? -Soy de Jujan y ando perdío. Voy a Palmito donde una tía.
-Palmito no queda pua aquí, queda payá -le respondió contorneando ligeramente su cabeza hacia la izquierda-. -Pueda que sí, o pueda que no. Todo depende de que no me estés mintiendo. A diez varas del pueblo y sin más que un pequeño platanar, cuatro chivos, unas cuantas gallinas y un perro ladino, vivía su tía Isolina, a quien le entregó la carta patoja -escrita también por don Jacobino-, que le enviaba su madre implorándole lo protegiera. La mujer la leyó con una voz que se desilvanaba en cada párrafo, deletreándola con fastidio y sin el menor interés. Cuando terminó la lectura, metiéndose la carta en el corpiño le dijo: -¿Y cuándo te irás yendo? Eso fue todo. Luego se sentó en las gradas de la pequeña escalera de madera, que daba acceso a su vivienda y acariciando a su perro, demorándose un tiempo tan largo como el del rezo de un rosario, se puso a darle vueltas y más vueltas a la decisión que forzosamente habría de tomar. Lo recibiría por unos pocos días, tan pocos que podían contarse con los dedos de la mano, pues ella no tenía campo en su morada para alojarlo, ni tampoco plata para mantenerlo. El tendría que buscar trabajo en una hacienda que, mientras más lejos, mejor para los dos. No quería ser cómplice de un prófugo de la justicia, al que -según la carta de su hermana- los rurales andaban buscando por tierra, mar y cielo. Desde entonces, Carriel, sintiéndose a medias protegido, se dedicó a la limpieza de la descuidada vivienda, al desmonte del pequeño huerto y al pastoreo de las cabras. El resto del tiempo lo pasaba escuchando el chismorreo de la tía con los vecinos, meciéndose en una hamaca o contemplando un cielo empañado, de nubes densas, que volvían plañideros el canto de las aves. Pero cuando un amanecer la doña salió de viaje con destino a Mocache, acompañada de un nuevo percunchante de a caballo y bigote en ristre, diciéndole "cuídame la casa, que ya mismito güelvo'', que demoró una eternidad, Carriel aprovechó para conocer el pueblo y ver si se hacía de un amigo. -Palmito ya no es lo diantes. Cierto es que para bien o para mal, en algo se ha mejorado, pero lo que es uno, sigue más que requete jodido que antes. El cacao se da en grandes tandas, pero ¿pa qué nos sirve a nosotros? Nuestros patrones viven en las Europas como reyes y solo güelven en tiempos de cosecha. Cuando regresan ni si quieran le preguntan a uno si esta vivo o está muerto. A ellos ninguno de nosotros les importamos. Lo que les gusta es hacer en sus haciendas grandes fiestas y pasarse la vida felices. Lo otro no les importa. Por eso es que muchos jóvenes de los nuestros se han metío en eso que yaman las "montoneras" de don Eloy, pa ver si sacan algo de provecho, porque por estas tierras no pescan nada. Cierto es que algunos nunca regresaron porque los mataron en los combates. Esta vida, mis compas, ya no es vida... Era lo que escuchaba de unos viejos de rostros enjutos y hablar pausado, sentados siempre a la sombra de los portales de viejas casas de madera que, calle de por medio, desde tras de sus persianas miraban al río. Se referían a las mismas cosas de siempre, apilando recuerdos, exhumando visiones, evocando sucesos para siempre perdidos, con una nostalgia pálida y llena de desconsuelo. Carriel hubiera querido pasarse horas de horas boca arriba, oyendo estas historias que lo hacían soñar. Pero en un pueblo sin amigos, era mal mirado por los ancianos, que lo consideraban un intruso, un fisgón ajeno y entrometido. Presunciones que empezaron a regarse por muelles, tiendas y cantinas y que, dada su condición de fugitivo, en nada lo favorecían. "El miedo es libre", se dijo una mañana en que los viejos no le contestaron el saludo, demostrándole así su desconfianza; y vendiendo una chiva parida de su tía, se mandó a cambiar aguas arriba en la primera canoa que encontró a su paso. La amplia embarcación en su lento bregar contra corriente, iba vadeando el cauce de una a otra ribera, cada vez que aparecía en sus márgenes una casa de hacienda con su peonada, o algún bohío humeante en medio de platanares, arrozales o huertos de cacao. Era el recorrido habitual que en tiempo de cosecha hacían con sus baratijas unos mercachifles serranos. Con ellos trató Carriel de trabar amistad durante el viaje, pero fue en vano, quizá porque se habrían resentido, ya que sin querer ofenderlos, al abordar la embarcación en la que con reticencia lo habían aceptado como pasajero, tuvo la imprudencia de llamarles ''paisanos", término despectivo con el que se conocía a los oriundos de la Sierra. Al fin, tras un largo y tedioso navegar y cuando la tenue luz del día se iba eclipsando en el follaje, atracaron en un estero muerto, donde trepada sobre un barranco, estaba la posada de don Braulio. A más de un "buenas noches, Don" cuando fueron alojados y de un "gracias, Don" cuando terminaron de servirse la cena, ninguno de los afuereños dijo esta boca es mía. Después, cuando alumbrados por la luz mortecina de una lámpara de kerosene, se acostaron de dos en dos sobre unas tarimas de caña guadúa, Carriel notó que don Braulio no lo perdía de vista. Tuvo miedo, porque no era difícil que sospechara que él era el fugitivo al que buscaba la policía rural y lo denunciara. Fue por eso que al día siguiente, muy por la mañana y sin tomar un mezquino desayuno de arroz con plátano y una migaja de pescado, ni despedirse del posadero, salió del rancho y subió a la canoa, donde dos robustos remeros aguardaban a los mercachifles que, cuando transcurridos unos momentos, aparecieron, no pudieron ocultar su disgusto al verlo cómodamente sentado en la popa de la embarcación. -Vos no te vas. No es de vos ese puesto y tenís que pagarnos la trayda y la posada que nos estais debiendo, le dijo en tono autoritario el que hacía las veces de jefe de los mercaderes. Carriel quedó desconcertado, pero comprendiendo que esa decisión era irrevocable, sacó unas monedas de su bolsillo y las tiró al suelo con indignación. Los mercachifles en cambio, al irse alejando en la canoa, lo insultaron y le hicieron toda clase de muecas y ademanes obscenos.
Viéndose en esa difícil situación, sin atinar qué hacer ni a dónde ir,
no tuvo más remedio que sentarse al filo del barranco en ansiosa espera
de una nave que le diese cabida, para desplazarse a cualquier otro
lugar. Desde entonces Carriel ayudaba en la cocina, atendía a los huéspedes, cuidaba de una vieja yegua que nadie cabalgaba y, de tarde en tarde, desbrozaba el monte que rodeaba el albergue. El resto del tiempo y cuando no habían posantes, dormitaba o escuchaba los relatos de don Braulio, que en su juventud había sido peón de labranza, pescador y hasta guerrillero, a las órdenes de Nicolás Infante, el jefe montonero liberal que fue fusilado en Vinces por los conservadores en las postrimerías del siglo XIX. La noche, al hundirse en el río, iba dejando su rastro brumoso por entre las riberas, los huertos de cacao, los arrozales y potreros. Un oscuro y borroso silencio se esparcía en fragmentos desde ahí hasta el borde de la escarpada montaña. Solo los sollozos del viento, al pasar dando tumbos por entre la arboleda, junto al chirrear de los grillos, el resuello de bestezuelas rampantes, el croar de las ranas, o el canto agorero de la Valdivia de "¡al hueco va!, ¡al hueco va!" anunciando la muerte lo interrumpían por instantes. Era el adormecerse de las horas, su cadencioso letargo, el lento retornar de las sombras. Tirados sobre unos camastros de junco, instalados frente a frente en uno de los cuartos del rancho con acceso al pasadizo que conducía a la cocina, don Braulio y Carriel dormían profundamente y los ronquidos del anciano, al filtrarse por entre las grietas de las paredes de caña guadúa, se desparramaban por el huerto, manteniendo a los búhos en acecho. Pasadas unas horas un gallo dejó oír su vibrante canto desde alguna oscura lejanía y el que dormía trepado sobre una de las ramas del matapalo que daba sombra a la cabaña, agitando sus alas, le respondió altanero. Amanecía y un cielo negro y tempestuoso empañaba los fulgores del alba. Si Sansón, el viejo perro decrépito y sarnoso, hubiese percibido el hedor a sudor de los hombres; si hubiera sentido sus cautelosos movimientos; o si hubiese podido observarlos arrastrándose como reptiles hasta llegar sigilosos desde el estero a la cabaña y una vez allí, treparse con agilidad por una de sus pilastras, para penetrar por la parte alta, es posible que con sus roncos ladridos hubiese logrado despertar a sus amos, poniéndolos en alerta. Pero nada olfateó ni escuchó y tampoco advirtió, que frente a él permanecía erguido y machete en mano uno de los salteadores, listo para degollarlo en caso de que hiciese el menor movimiento. Cuando Carriel despertó alarmado por el brutal envión que derribó la puerta de la pieza, era ya demasiado tarde. Los cuatro hombres penetraron con ímpetu, y al tratar de incorporarse del lecho, recibió un golpe en pleno rostro que lo dejó aturdido y paralizado de espanto. Simultáneamente, a Don Braulio lo levantaron en vilo y arrojándolo al suelo, apuntándole lo amenazaron de muerte. -¡Juaputas! ¿Dónde está la plata? ¡O avisan, o se mueren! Ni Carriel ni don Braulio se daban perfecta cuenta de lo que sucedía. Era como el despertar de una pesadilla, una alucinación, un repentino fenecer sin auxilio ni esperanza. El ataque de que eran víctimas, al tomarles por sorpresa, les hacía imposible salir de su horrible confusión y espanto. De entre ese grupo de hombres, el que más los maltrataba exigiéndoles la inmediata entrega de un dinero inexistente, era un individuo con el rostro cubierto con un pañuelo, pequeño de estatura y fortachón, que indignado al no obtener respuesta, a la final ordenó a los de su pandilla que los azotaran a machetazos. Eso duró hasta cuando sus ayes de dolor se fueron apagando y sólo se oían sus débiles lamentos. Luego de fustigarlos, optaron por registrar todos los rincones de la posada. Comenzaron a buscar por los cajones donde don Braulio guardaba los víveres, los trastes de cocina y unas cuantas de sus herramientas de trabajo. Después destrozaron los catres, los mugrosos colchones pajizos, las albardas, las monturas y todo lo que se hacinaba desordenadamente en las habitaciones destinadas a los huéspedes. Como nada encontraban, acto seguido, levantando los tablones del piso, destrozando tabiques y paredes y, por último, forzando las vigas de la cubierta, procedieron a arrojar por una ventana los pocos cachivaches que iban apareciendo en la destartalada y humilde vivienda. Nada quedó en pie y al no hallar el menor indicio del dinero que buscaban, nuevamente los torturaron. De no haber sido por don Braulio que, en un momento de descuido de los bandoleros, haciendo un sorpresivo y audaz movimiento, intentó desarmar al que estaba a su lado, nada difícil hubiera sido que aparte de los flagelamientos que habían soportado, la vil agresión no habría pasado de eso. Pero fue tal la indignación que produjo su gesto, que de inmediato el sujeto atacado respondió descargándole un tiro en la cabeza, matándolo al instante.
-¡A ese no! -ordenó el jefe, cuando uno de los suyos blandía su machete
para liquidar a Carriel de un solo tajo. Al joven nos lo llevamo pal
servicio. En Chone, pueblo manaba asediado en los inviernos por las crecentadas de los ríos, las inundaciones de aldeas y cultivos, la canícula y los millares de bichos que afloraban en el aire enturbiando el ambiente, fueron acumulándose los años por entre asaltos a mano armada, violentos despojos de bienes a incautos hacendados, reyertas pandilleras, largas correrías cuatreras o precipitadas fugas hacia improvisados refugios en remotas e inaccesibles montañas, hasta el día en que, asesinado a balazos por los rurales el que hizo las veces de su jefe y tutor Roque Patiño, aquel hombre codicioso que fue desahogando sus pasiones y sembrando el dolor por las encrucijadas en una región donde se imponía la ley del más fuerte, Carriel sintiéndose liberado y dueño de sí mismo, añorando a su tierra, decidió retornar. Lo hizo ante el estupor y disgusto de todos los de la pandilla, más que nada porque tiempo atrás había recibido una carta de su madre, marchita de quejas y de lágrimas, que pasando de mano en mano y dando tumbos por esos andurriales, apenas si podía deletrearse. Una carta transida de amargura, que -muerto ya Don Jacobino- tal vez a la vieja se la escribió uno de esos cagatintas que de tarde en tarde aparecen por los pueblos dormidos, para ganarse un real transmitiendo mensajes; por algún señor de levita, propietario de hacienda, que compadecido le ofreciera su ayuda; o, ¿quién podía saberlo?, por el maestro de escuela y hasta por algún poeta incomprendido. "A ruego de doña Dolores de Pincay dirijo la adjunta misiva a su idolatrado hijo Carriel, de cuyo paradero no se tiene noticias, pero que según decires, hállase al servicio de un tal Roque Patiño en la provincia de Manabí, en las cercanías o inmediaciones de Chone o salvo error u omisión, por entre las montañas de Pedernales, que para el caso es igual, o sea que si de su paradero alguien tiene alguna idea, novedad o referencia, o si le conoce y quisiera ayudar a una pobre madre viuda que está lista a dar una recompensa por este servicio, que hablando en términos materiales, por modesta que fuere, es recompensa, haga de hacer el comedimiento de llegarla a sus manos en el menor tiempo y sin tardanza ninguna". En esa carta, su madre le decía que vivía desesperada porque de él nada sabía, pese a los largos años transcurridos. Que creyó que estaría muerto y que lo había llorado y bendecido piadosamente. Que sus hermanos también lo recordaban con cariño (menos la ingrata de la Clotilde, que había huido con un marchante), pero que gracias a la Divina Providencia, unas semanas antes un manaba, de los que de cuando en cuando por aquí pasan, una noche de chupe en la cantina de don Ulpiano Mora, había referido que "tú, hijo de mi alma, vives todavía, que eres ya todo un hombre, muy bravo y muy plantón, que en eso no hay quien te iguale, pero que desgraciadamente, andas en malas compañías y nadie podría saber cual irá a ser tu fatal destino. ¿Por qué no me escribes, por qué no vuelves a la casa de tu pobre madre que ya está al borde del sepulcro y que no deja de implorarle al Altísimo que no sigas en junta de bandidos y te vuelvas un hombre honrado y de provecho como fue tu señor padre que en paz descanse y que, pese a que nos dejó en el desamparo por culpa de una mala mujer que lo sedujo, siempre gozó de buena fama y respeto?" P.D. De llegar esta misiva a manos de su destinatario, esperamos que se apiade de doña Dolores viuda de Pincay, su señora madre hoy en desgracia y que haga el bien de darle una pronta respuesta por manos propias o ajenas. De lo que dejamos constancia al sellarla y firmarla a ruego de la interesada que no sabe leer ni escribir, aquí en Juján a 5 de febrero del año de gracia de 1931". Carriel, desde cuando era un niño tuvo el anhelo de conocer aquella ciudad portuaria anclada en una de las márgenes del anchuroso río que va y viene del mar, donde recalan trashumantes navíos procedentes de los más distantes confines de la tierra, trayendo y llevando mercancías, y por el que se deslizan flotillas de lanchas y veleros, de balandras y chalupas, de corbetas, fragatas, barcazas, canoas y grandes balsas tripuladas por vigorosos remeros, en un incesante y diario trajinar. Mas no pudo cumplir con su deseo, porque la vida le mezquinó los sueños. Por eso aquella madrugada al divisar a la distancia sus titilantes luces desde el puente del vapor fluvial en que viajaba, tuvo la sensación de estar arribando a un mundo mágico, totalmente extraño y en todo diferente al que había imaginado, y tuvo temor. Un temor supersticioso nacido en lo más sensible de su alma aventurera. Además, lo que había ido descubriendo a su paso, durante la larga travesía de ese vapor itinerante, en vez de darle sosiego y placidez, lo sobrecogía, porque tenía la certeza de que en esa fascinante ciudad iba a sellar su destino. Era lo que presentía, lo que vislumbraba, cada vez que la embarcación se detenía para el embarque de carga o de pasajeros frente a sórdidos villorios habitados por seres desvalidos; al divisar el rastreo de muchedumbre de peces atrapados entre las redes de magros pescadores; y, sobre todo, cuando de improviso veía a un lagarto lanzarse a las aguas desde una vaguada o escabullirse por las estrechas riberas. Esos insaciables saurios -a los que en sus mocedades hasta se había atrevido a cazar- no le eran extraños; pero esta vez, al observar los reptantes y con sus fauces listas para aprehender un pez, se preguntaba si él, al haberse sometido sin condiciones a la voluntad absoluta de un amo al que apenas conocía -pero del que se aseguraba que para saciar sus venganzas mantenía una madriguera de esos monstruos execrables-, se habría convertido en uno más de aquellos reptiles. Por ello, y tratando de indagar si era verdad o mentira lo que se decía al respecto, sorpresivamente le preguntó al Cachudo donde quedaba la lagartera del Conde, a lo cual -el que estaba haciendo de su guía y monitor- le replicó indignado que eso era una patraña y que el patrón no necesitaba de lagartos para nomás de sacarles la mierda a los que lo traicionaban. Ante una respuesta tan tajante, Carriel no insistió, quedándole serias dudas sobre lo que le dijo, ya que no podía confiar en las palabras de un lambón, mendicante y embustero como era ese individuo a quien, pese a todo, debía la tarea que iba a realizar, ya que fue él quien lo relacionó con el señor Conde. -Es lo que te cae al pelo, ñaño, le había dicho para convencerlo cuando dos meses atrás y a escasos días del retorno a su tierra, se había topado en Pueblo Viejo con ese amigo de la infancia. De ahí nació todo. A partir de ese primer encuentro, en que le propuso ponerse al servicio del Conde, no perdía el Cachudo la menor oportunidad para insistirle en que aceptara su propuesta y como para entonces no tenía en que ocuparse, un día decidió hacerlo y casi de inmediato, cabalgando los dos ahorcajadas un caballo que les prestó un amigo, se dirigieron a La Propicia. Cuando los recibió el poderoso señor, para que nadie, -ni aun el Cachudo-, escuchara lo que tenía que decirle, hizo entrar a Carriel a un gran salón amarillo, empavesado con muebles de esterilla, bellos espejos de marco dorado, mesas ovaladas sobre las que se exhibían finas piezas de porcelana, hermosos cofres guarnecidos de plata, bargueños taraceados, chineros con toda clase de tarjetas postales en sus repisas, además de un sin fin de adornos de la más ostentosa cursilería. Suntuoso salón donde tuvo que mantenerse de pie y sombrero en mano, durante todo el tiempo que duró el encuentro. -Todo sé de ti. Todo me lo han contado. Sé que andas jodido y a salto de mata, y que la rural te busca para liquidarte. Te he mandado a llamar con el Cachudo, porque él conoce como eres. Te tengo un trabajito de primera, que solo a ti confío, ya que se me ha dicho que eres bien macho y estás resuelto a jugártela entera. El Conde sorbió un trago de café, prendió un cigarro y después siguió diciendo pausadamente: -Yo te voy a dar el plan un día de estos, pero mientras tienes que estar escondido. Todavía no sé si tengas que hacer la cosa cerca de aquí o en Guayaquil. Eso lo estoy pensando. Debes saber que no se trata de un cualquiera. ¿Me entiendes? Se trata de un hombre rico. Por eso, todo tiene que hacerse con mucho tino y en total secreto. ¿Te das cuenta? De esto vas a salir con harta plata. ¿Cuánta? Todo depende de ti, de cómo lo hagas y de su resultado. Ahora te llevará el Cachudo bien lejos, donde tienes que estar metido sin salir ni ver a nadie, hasta cuando con él te mande nuevas instrucciones. ¿Está claro? De inmediato el Conde sacó del bolsillo del pantalón un fajo de billetes y se los entregó, diciéndole que eran para los primeros gastos y, sin más, le ordenó que saliera. Había llegado la noche y la alta marea y un fuerte oleaje hacían balancear la embarcación a tal extremo que los marineros se mantenían en sus puestos atentos a las maniobras del pilotaje, hasta cuando, después de un largo navegar atracaron en un muelle de balsa aparejado al amplio malecón del puerto.
-Lo primero de lo primero que mañana te compras zapatos, le advitió el
Cachudo cuando después de desembarcar lo condujo hasta el barrio del
Conchero, a una casa de pensión de mala muerte donde se hospedaron en
la misma habitación. Para Carriel el lugar era tan sórdido, que le daba
la impresión de un murcielagario, pero se cuidó de comentarlo con un
compañero que, desde que llegaron, se había tornado hosco y autoritario. Luego el Cachudo salió para comprar una botella de aguardiente puro y al volver, entre trago y trago, le manifestó que después de dos o tres días lo llevaría a conocer al caballero con quien tenía que vérselas, pero desde lejos, para que no se dé cuenta de que se lo estaba aguaitando. Que lo harían ubicándose los dos en distintos sitios, frente a la esquina de la casa donde tenía sus oficinas. -Cuando se asome yo te hago una seña y tú te fijas bien fijao como es, cual es su porte, como camina, pero más que nada en su cara. Esa te la guardas bien guardaa, no te la olvidas hasta cuando llegue la hora, porque de eso depende todo. Y que quede bien entendío que en vida, ni tú ni yo nos hemos visto nunca, que no nos conocemos y peor que tú has hablao alguna vez con el patrón señor Conde. Esas fueron las primeras instrucciones, que Carriel recibió de su compañero. Después alguien golpeó la puerta del cuartucho y cuando la abrieron entraron dos busconas. La extremadamente flaca se acostó con Carriel y la otra, que era bien formada, con el Cachudo. La ciudad lo deslumbraba y a la vez lo confundía, porque para un hombre curtido en la montaña, acostumbrado a mantenerse frecuentemente aislado, la febril actividad de las gentes y su locuacidad; el trajinar jadeante de hombres, mujeres y niños; el tránsito atronador de tranvías y automóviles por calles y avenidas; el repiquetear de las campanas; a más del pregón incesante de los vendedores ambulantes colmando calles, aceras y soportales de antiguas casas de madera, lo atribulaban, porque estaba seguro de que en ese medio ajeno y totalmente desconocido, le sería sumente difícil cumplir con la tarea a la que se había obligado. Pero ya era tarde para renunciar al compromiso y no tenía mas que obedecer las órdenes de su inflexible y vigilante conductor. -¡Hora es cuando!-, le dijo el Cachudo una mañana de sol reverberante. De inmediato salieron de la casa de pensión y se encaminaron hacia un sector central de la urbe, donde grandes tendales de lona, colocados a lo ancho y a lo largo de las calles, hacían difícil el tránsito de vehículos y peatones. Sobre esos tendales y en cuclillas, unas mujeres seleccionaban una a una las pepas de cacao que transportaban, en pesados fardos, cuadrillas de fornidos cargadores de torsos desnudos. Junto a uno de esos sitios y apostados el uno frente al otro, bajo los soportales de dos casas esquineras, se mantuvieron atentos hasta cuando el Cachudo le hizo a Carriel la señal convenida. Fue entonces cuando pudo observar a un hombre alto, de ojos claros, nãriz aguileña y pelo ensortijado, que luego de descender de un automóvil, se detuvo un momento para conversar con un hombre de gafas y en mangas de camisa que por ahí pasaba. Siguiendo las instrucciones recibidas, durante varios minutos Carriel logró examinarlo con detenimiento, tratando de grabar en su mente sus rasgos fisonómicos, gestos, talla y hasta sus maneras, y como eso era todo lo que tenía que hacer por el momento, con cautela enrumbó por una calle lateral hasta el malecón, donde, de acuerdo a lo convenido, se detuvo un rato en espera de su amigo. Al día siguiente volvieron a ese lugar a la misma hora y con igual propósito y cuando Carriel le le dijo al Cachudo: "¡Ya lo tengo!", terminó la primera parte de la encomienda. A causa de los flamantes zapatos que calzaba, el caminar por las calles del puerto, a Carriel se le había convertido en un suplicio. Se le ampollaban los pies y le era muy difícil andar al paso ligero y ágil del que, pese a los ruegos, no le permitió esa noche ir descalzo hasta el sector de la ciudad donde tenía que cumplir con su audaz cometido. -Es que ponido estos botines, no hey de poder correr...
-Ya te lo hey dicho cien veces: a donde vamo no puedes ir patalsuelo. Acompañando a su hermano Roberto y a su familia, se haIlaba ya en el interior del teatro, don Lautaro Arbizú Campos y el Caparrosa. De eso estaban seguros Carriel y el Cachudo, puesto que un tal Patuco Navas, al servicio del Conde, así les había informado momentos antes de que ellos se instalaran en una de las mesas de metal de una taberna, dispuestas en el portal de una casa ubicada frente al recinto teatral. El Cachudo pidió una botella de cerveza y mientras la tomaban, en voz muy baja y cuidándose de que nadie lo escuchara, le dio las últimas instrucciones a Carriel. -Cuando termine la función y la gente vaya saliendo, vos te avispas mi hermano, te pones tras ese pilar que está en delante de la entrada del teatro y en cuanto lo veas, sin amoscarte, le sales al paso y sacando la esa que te di, ¡suas!... le disparas. No te ahueves, si puedes le das el tiro en la cabeza, Pégale uno o dos sin miedo y cuando lo haygas hecho, te corres una cuadra, hasta la vuelta de la esquina donde está el carro Ford que te mostré y que ahora te cuento que nos lo mandó el patrón con chofer y todo para que nos juyamos. Tienes que hacerlo a toda viada y gritando ¡cójanlo, cójanlo!, pasándotelas de vivo, para que todos crean que no has sido tú el que lo hizo y que más bien estás persiguiendo al asesino. De eso depende todo, porque así los haces cojudos y vos quedas vivito y coleando. ¿Entendido? Así permanecieron por más de dos horas, tomando vaso tras vaso de cerveza, hasta cuando cerca de la media noche volvió a aparecer aquel Patucho para informarles que estaba al terminar la velada. Entonces el Cachudo le ordenó a Carriel dirigirse hasta la columna que le había indicado, para que se mantuviese "al aguaite", observando de pies a cabeza a cada uno de los señores que poco a poco irían abandonando el teatro, "hasta cuando se asome el que sabemos". Caminando con dificultad a causa de la estrechez de sus zapatos, Carriel fue hasta el lugar indicado y cuando el público empezó a salir, se puso a examinar con suma atención a los que pasaban, solos o acompañados, pese a estar convencido de que le sería fácil identificar a don Lautaro, ya que estaba seguro de mantener en su memoria, con precisión, los rasgos más sobresalientes de sus facciones. Por eso era que desechaba de una sola mirada a quienes en nada se le parecían, pese a que la tarea no era muy fácil debido a que la gente, al desplazarse por el portal del edificio, se apretujaba y arremolinaba. Al fin, tras de una espera que a Carriel le parecía interminable, entre un numeroso conjunto de hombres y mujeres, pudo ubicarlo. Venía paso a paso acompañado de una dama, pero fue grande su asombro al constatar que tras de él caminaba un sujeto de la misma catadura, iguales rasgos y un semblante tan idéntico, que le era imposible determinar al instante, cual de los dos era el que tenía que ser eliminado. En tan difícil trance, no sabía qué hacer. El decidirlo era cuestión repentina. No había un minuto que perder. O mataba a uno cualquiera de los dos, o a ninguno; decisión temeraria esta última, ya que de no hacerlo tendría que pagar las consecuencias de su falta de acatamiento a una orden, a un mandato supremo. Pese a todo, su vacilación apenas fue de segundos. Tenía que correr el albur y sin más, sacando de por detrás de su cintura una Mauser 30-30 hizo un disparo a bocajarro en pleno rostro del primero que estuvo a su alcance. El hombre cayó al suelo y Carriel, luego de esconder su arma, intentó sacarse los botines para poder escurrirse y huir con presteza, pero al darse cuenta de que si se detenía unos segundos podía ser identificado, prefirió aprovechar la confusión y el pánico que el suceso había provocado y saliendo del portal hacia la primera bocacalle, se mezcló con un numeroso grupo de personas que comentaban a gritos lo ocurrido y que haciendo toda clase de aspavientos, trataban inútilmente de ubicar al asesino y la posible dirección que habría podido tomar al emprender la fuga. El confundirse con la gente fue lo que lo salvó, ya que ninguno de los ahí congregados podía suponer o imaginar siquiera, que un campesino, un montubio cualquiera, que apenas podía caminar, era el sujeto al que buscaban. Libre ya de toda sospecha, Carriel se encaminó dando traspiés hacia el lugar donde estaba seguro que lo estaría esperando el Cachudo en el automóvil Ford en el que escaparían, pero fue grande su sorpresa al ver que no se encontraba. ¿Estaría en la otra esquina o, dadas las circunstancias, su amigo habría preferido alejarse por unos momentos, para retornar cuando todo se hubiese calmado? Todo era posible. Por eso creyó que lo que más le convenía era esperar, porque además, ofuscado como estaba, no sabía qué hacer ni a dónde ir. Hacía calor y tratando de refrescarse se quitó la cotona, quedándose en camiseta. Luego se sentó al filo de la acera para por fin poder sacarse aquellos malditos zapatos que tanto lo habían atormentado. Al hacerlo, los arrojó con ira a media calle. Se sentía abandonado a su propia suerte y cuando cerca de donde él estaba, vio a unos policías que interrogaban a todos los que pasaban, tratando de hallar alguna pista sobre el homicida, tuvo miedo. Un miedo del que siempre había sido ajeno, y que ahora lo hacía estremecer. ¿Qué actitud podía tomar si a él lo detenían para interrogarlo? Lo único cierto era que no podía mantenerse por más tiempo en ese sitio ligeramente alumbrado por la luz de una lámpara eléctrica esquinera, donde había permanecido semi oculto por cerca de una hora. De continuar ahí despertaría sospechas entre los agentes y podía ser apresado. De todos modos, el mismo hecho de abandonar el lugar para evitar esa posibilidad, significaba correr un grave riesgo, ya que no era difícil que los uniformados se sorprendieran al verlo arrastrarse por la acera. En esas dudas se hallaba, cuando de improviso alguien le tocó el hombro por la espalda. Sobresaltado tornó su rostro para descubrir al que lo hacía y fue grande su asombro al encontrarse cara a cara con el Patucho que muy sigilosamente le susurró al oído: -Me manda el patrón Conde para que te yeve a la lancha, pero tenemos que hacerlo bien al disimulo. Dando vueltas y más vueltas por calles para él desconocidas, transitando por parques y avenidas; por fin, cerca de la madrugada llegaron al muelle donde estaba atracada la lancha que llevaría a Carriel en su viaje de retorno, rumbo al distante paraje donde, por instrucciones del Conde y antes de emprender la peligrosa hazaña, había permanecido oculto por largo tiempo. Ahí por segunda ocasión tenía que esperar hasta recibir nuevas órdenes, ya que como el hecho estaba consumado, era necesario que se mantuviese oculto hasta cuando las circunstancias le permitieran ir hacia La Propicia a recibir la recompensa prometida. Todo volvió a ser igual. El mismo rancho, los mismos montes, la misma vieja arisca llevándole de tarde en tarde la comida y la misma agobiante soledad. No podía saber hasta cuando duraría ese nuevo destierro y nuevamente, como la primera vez, se sentía un ser para siempre olvidado. Pero en esta ocasión no tuvo que esperar más que unos pocos días. Una semana quizá, puesto que una tarde mustia y agonizante, cuando se disponía a tomar un poco de aguardiente para matar la tristeza y añorar sus tiempos pandilleros, de improviso aparecieron dos montados carabina a la espalda y machete en mano, que sin apearse de sus cabalgaduras ni dirigirle una sola palabra amistosa, le ordenaron: -¡Vamo andando,que el patrón te yama! Así fue como tuvo que bajar del rancho apresuradamente, portando en una alforja las pocas prendas de vestir que tenía, para luego, enancarse tras de uno de los individuos que, con altanería, había dispuesto que así procediera. Viajando durante toda la noche envueltos en las tinieblas, por senderos que solo los caballos intuían, Ilegaron a La Propicia al clarear el día. Una vez allí y al desmontar, tuvo que seguirlos hasta el amplio corredor de la morada, donde se hallaba el patrón meciéndose lentamente en la hamaca, como era su costumbre. El Conde de Méndez ni siquiera lo miró y continuó hamacándose como si su presencia no tuviese más importancia que la de un animal doméstico cualquiera. Alrededor de la mansión, a más del monótono graznido de los patocuervos trepados sobre las ramas de unos árboles de cacao con sus hojas desflecadas, nada más se escuchaba. Carriel cabizbajo y apocado, tuvo que mantenerse a la expectativa, por un intervalo que se dilataba sin justificación ni motivo aparentes, frente a un ser que con su indiferencia le estaba demostrando que con él nada tenía que tratar, y que su sola presencia le molestaba. En esa actitud humillante permaneció Carriel hasta cuando surgió la figura de un hombre en botas de montar, revólver al cinto y látigo en mano. En ese momento, el Conde saltó de la hamaca visiblemente indignado; para darle a Carriel un bofetón y acto seguido increparle diciéndole: -¿Con qué ya estás aquí juaputa? Eres el matón más imbécil que ha parido madre. Un miserable perro que no sabe a quien muerde, porque hasta el olfato le falla. Un pobre asesino que es una bestia y comete brutalidades. Por cretino, por animal, no mataste al que debías sino a su hermano. ¡Qué bruto, qué cojudo! Acabaste con un triste pendejo, que no tenía vela en este entierro y al que nadie te dijo que termines. Jamás me imaginé que ibas a cometer estupidez semejante. ¿Quién te dijo que lo hicieras? Ahora me las vas a pagar, porque por tu culpa metieron en la cárcel al cabrón del Cachudo y ese canalla ha declarado que yo dizque te he pagado para que despaches a ese pobre infeliz que nada tenía que ver conmigo. Después de estas palabras, el Conde le lanzó un escupitajo en pleno rostro y dirigiéndose al hombre recién llegado, le ordenó: -Pascual, llévatelo a la lagartera para que la conozca, porque este mierda es uno de los que anda averiguando donde queda...
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