Hidalgo de Procel Matilde PDF Imprimir E-Mail

Matilde Hidalgo Navarro nació en Loja en 1889. Como en ese tiempo no había Registro Civil, solamente se conserva el Registro de Nacimientos de la Parroquia de San Sebastián, en el cual consta que fue bautizada por el Párroco Rvdo. Eliseo Arias, y fueron sus padres el señor Juan Manuel Hidalgo y la Sra. Carmen Navarro. Fue la séptima hija del matrimonio Hidalgo-Navarro y nació pocos meses después del fallecimiento de su padre.

Su familia tenía una pequeña casa con huerto frente a la hacienda Pucará (hoy calles Lourdes y Bernardo Valdivieso) y allí Matilde creció y recibió sus primeras lecciones tanto de parte de su culta madre como de su hermano mayor Antonio que tenía 14 años cuando ella nació y al quedar huérfanos, él se convirtió en su padre y protector.

Antonio tenía 15 años cuando fue nombrado organista de la Catedral de Loja por disposición del Obispo Masiá y desde que Matilde pudo caminar la llevaba hasta la iglesia matriz donde él permanecía largas horas practicando el instrumento; también le enseñó a leer antes de que cumpliera los cuatro años y a pesar de su corta edad le confiaba sus ideas libertarias proclamadas por el Viejo Luchador.

Realmente era poco lo que Matilde tenía que aprender en la escuela primaria, pues cuando estuvo en edad de concurrir a sus aulas, ella ya dominaba la lectura y la escritura, tocaba el piano, recitaba versos clásicos y tenía una correcta formación cristiana. Sin embargo era necesario contar con el certificado de haber terminado la instrucción primaria, para lo cual se inscribió en la escuela "La Inmaculada" regentada por las Madres de la Caridad, donde siguió las materias reglamentarias y luego se quedó algunos años como asistente voluntaria de las religiosas que atendían el Hospital de la Caridad que funcionaba en la parte posterior del mismo colegio. Así nació su vocación por la medicina y su espíritu de solidaridad con los más necesitados.

Pero llegó el día en que ya no quiso ser una simple ayudante de enfermería, sino que prendió en su mente y en su corazón el anhelo de ser una verdadera médica como los profesionales a quienes ayudaba en el hospital. Para ello tenía que seguir estudiando, primero ser una bachiller y luego ingresar en la universidad. Pero ¿cómo hacerla si la familia no disponía de medios económicos para enviarla a los Normales Femeninos que se habían abierto en las ciudades de Quito y Guayaquil?.

- ¡Tienes que ingresar al Bernardo Valdivieso! - le dijo terminantemente su hermano Antonio.

- Pero ¿cómo si ese colegio es exclusivamente para hombres?

- le contestó Matilde.

- ¡No, Matilde! Es un centro de estudios y la reforma educativa impuesta por el General Alfaro ha abierto las puertas del profesionalismo a la mujer. Tienen la obligación de darte matrícula si la solicitas. Piénsalo detenidamente y si decides algo, al regreso de mi viaje lo intentaremos.

Pero no hubo tiempo para esperar la vuelta del hermano que hacía las veces de padre porque fenecía el período de matrículas, de modo que con su madre se presentó ante el Dr. Ángel Rubén Ojeda, Rector del Colegio Bernardo Valdivieso y solicitó su admisión como alumna de ese plantel. Sorprendido el Rector ante tan insólita petición, no atinó a darle una respuesta inmediata y le manifestó que habría de considerar su solicitud.

En efecto, consultó con el Consejo Directivo sobre la posibilidad de conceder esa matrícula y la reacción que causaría en el medio conservador de la ciudad admitir a una mujer en ese colegio que hasta entonces había sido exclusivo de varones, pero se impuso el buen criterio de todos sus miembros y especialmente de su Rector, quien llamó después de un mes a Matilde y le dijo:

-Puede matricularse en este colegio previo el cumplimiento de los requisitos establecidos. Ud. ha sido aceptada como alumna regular de este plantel.

Matilde había ganado su primera batalla

La segunda fue más larga y difícil porque debió enfrentarla no solamente dentro de las aulas estudiantiles sino fuera de ellas. Las primeras en "poner el grito en el cielo" fueron las madres de familia del colegio en que Matilde se había educado, quienes consiguieron que sea expulsada de la Congregación a la que pertenecían las niñas más piadosas del plantel. Fue un acto cruel, pero solamente el reflejo de lo que pensaba y sentía la sociedad conservadora de entonces acerca de esa "loca endemoniada" como la llamaban las madres de sus ex compañeras, quienes prohibieron a sus hijas cualquier trato con ella e inclusive solicitaron la intervención de la autoridad eclesiástica para castigar a las culpables de tamaño desacato: Matilde y su madre fueron prohibidas de ingresar a la iglesia y por eso los domingos se reunían a orar en el pequeño jardín de su casa.

Mientras Matilde libraba esta batalla junto con su madre, por otra parte debía luchar sola cuando diariamente concurría a las aulas del colegio: sus compañeros le hacían una calle de honor para lanzarle burlas de toda clase, pero la nobleza de su espíritu reflejada en una actitud serena y digna, pronto doblegó la hostilidad de los jóvenes estudiantes y podría decirse que hasta se trocó en reverencia hacia la valiente joven que no se amilanó ante los embates que debió sufrir durante esa larga etapa y aguantó con altivez pero sin orgullo cuanto fue necesario para proseguir en la conquista de su ideal.

No sucedió lo mismo con otra joven lojana llamada Imelda Rodríguez quien -siguiendo su ejemplo- ingresó a primer curso cuando ella pasaba al segundo. Imelda no pudo sobreponerse a las incomprensiones y se retiró dejando nuevamente sola a Matilde.

Es solamente en cuarto curso cuando consigue el apoyo de una amistad que se va a convertir en el soporte de toda su vida: el joven zarumeño Fernando Procel Lafevre ingresa a las aulas del Bernardo y se constituye en el amigo con quien comparte sus ideales, sus penas, sus alegrías y se ayudan mutuamente para continuar sus estudios.

Hasta tanto Matilde también había logrado convertirse en una estudiante más del colegio bernardino, a quien sus alumnos ya no veían como una rival, sino como una compañera dulce y amable que había conquistado su admiración y respeto.

En este ambiente culminó exitosamente sus estudios secundarios y obtuvo el título de Bachiller con la calificación de Sobresaliente, grabando su nombre en los anales de Loja y del país como la primera mujer que terminaba la enseñanza secundaria en esta provincia y la primera que contaba con un título oficial en el Ecuador.

De esta manera Matilde había ganado su segunda batalla.

Para ganar su tercera batalla contaba con el antecedente de que el General Eloy Alfaro durante su Presidencia había apoyado decididamente a la educación de la mujer y en 1895 expidió el primer decreto autorizando a la joven Aurelia Palmieri para que pueda ingresar a la escuela de medicina en la Universidad de Guayaquil.

Pero el gran estadista liberal ya no estaba en el poder cuando Matilde se presentó ante el Rector de la Universidad Central en Quito solicitando matrícula para ingresar a la Facultad de Medicina. El catedrático la miró despectivamente y le aconsejó matricularse ya sea en Obstetricia o en Farmacia, donde antes habían ingresado unas pocas mujeres, pero le aseguró que la Facultad de Medicina estaba reservada sólo a hombres.

Mas los Hidalgo Navarro no eran personas que se rendían ante los obstáculos sino que se prepararon para vencerlos y aprovechando que Antonio fue nombrado Director de la Banda del Batallón "Guayas" acantonado en Cuenca, resolvieron solicitar matrícula en la Facultad de Medicina de la Universidad de Cuenca. Felizmente allí se encontraba de Rector un hombre de letras, un extraordinario maestro y académico internacional: el Dr. Honorato Vázquez, quien no se quedó atrás de su colega lojano Dr. Ángel Rubén Ojeda, Rector del Colegio Bernardo Valdivieso, y considerando que la educación y la cultura no tienen sexo, le concedió el ansiado ingreso en el Alma Mater cuencana.

Ahora debía comenzar su cuarta batalla con la sociedad cuencana, de manera similar como lo hizo con la sociedad lojana, y si bien es cierto que esta vez contaba con la experiencia anterior, esta última se presentó con caracteres mucho más graves porque a la irracional tiranía por haber roto el tradicional esquema de educación para la mujer, se sumaba el odio hacia todo lo que significaba liberalismo en un medio tan conservador y el grito de ¡laica sin vergüenza! -entre otros groseros epítetos- escuchaba todos los días a su paso por las calles de Cuenca.

Si a esto se agrega lo que debió sufrir en las aulas universitarias por las burlas de sus compañeros, los dibujos obscenos que le hacían en los cuadernos y hasta las propuestas indecentes que le formulaban, la situación se volvía cada vez más difícil para Matilde, cuanto más que en su casa también debió hacerse cargo de seis sobrinos porque la esposa de Antonio sufrió un ataque de hemiplejia. No es raro, pues, que en determinado momento hasta deseara la muerte, pero su espíritu heroico se sobrepuso y así escribe en su hermoso poema titulado "El Proscrito", del cual extraemos la siguiente estrofa:

Mas, si mi vida es triste, si en mi suerte

se mira del proscrito la sentencia,

no imploraré ni buscaré la muerte

cual término feliz de mi existencia;

que un alma tengo generosa y fuerte

para ver, con estoica indiferencia,

la injusticia y sarcásticos desprecios

que hundirme quieren a sus golpes recios.

En estas circunstancias ocurrió un hecho que fue para ella como algo providencial: con motivo de celebrarse un aniversario más de la independencia de Cuenca, la Universidad organizó una velada literario musical en la que tomó parte Matilde con un poema de su autoría titulado "A Cuenca". Más que cualquier comentario al respecto, vale reproducir la reseña que apareció en la Revista de la Universidad del Azuay, año 1916, serie V- N° 1, que dice así:

"La señorita Hidalgo fue continuamente interrumpida en la declamación de su hermosa poesía, y al descender de la tribuna, los aplausos se convirtieron en estruendosas ¡vivas! A Loja. El entusiasmo por la simpática universitaria rayó en el delirio, se agitaban los sombreros y manos en aplausos por ella y su tierra, y en rápida improvisación de afecto, se entretejió una corona de flores de los jardines de la universidad, atada con cintas ofrecidas por las damas concurrentes a la velada, y se coronó a la señorita Hidalgo tras una improvisación elocuente del señor Dr. Dn. Octavio Cordero".

Allí terminaron sus sufrimientos en relación con la sociedad cuencana y sus compañeros universitarios. Pudo concluir tranquilamente la carrera hasta graduarse con honores de Licenciada en Medicina. Había ganado una nueva batalla.

Le quedaba otra etapa por cumplir y otra batalla por ganar hasta graduarse de doctora en medicina. Viajó a Quito y nuevamente pidió ser admitida en la Universidad Central para realizar los estudios y la práctica hospitalaria previos a la obtención del doctorado. Era la primera mujer que lo solicitaba, pero los tiempos habían cambiado y no tuvo dificultad en ser admitida. Era el año 1919 y se hallaba como Presidente el Dr. Alfredo Baquerizo Moreno, hombre culto y de ideas ampliamente liberales.

Sin embargo, dentro de la Universidad Matilde se encontró con la circunstancia negativa de que los internados hospitalarios se conseguían por amistad e influencias, motivo por el cual con otros compañeros marginados solicitó al Consejo Universitario que dicha asignación se la hiciera por concurso de merecimientos.

Una vez aceptada la solicitud, Matilde fue la primera en inscribirse y ganar el concurso para el internado del Hospital San Juan de Dios, al que fue asignada para la Sala de Hombres. Cuando se presentó ante el catedrático Director de la Sala, éste le dijo:

- ¡Yo no trabajo con mujeres! ¡Vaya a cumplir con su papel de ama de casa y déjese de andar metida en cosas de hombres!

Para superar este grave escollo le valió la amistad e influencia de un distinguido médico lojano el Dr. Isidro Ayora, Director de la Maternidad de Quito y catedrático universitario, quien reclamó por la injusticia cometida con su conterránea y consiguió que sea asignada a otra sala del mismo hospital.

Finalmente el 21 de noviembre de 1921 se presentó a rendir las pruebas finales para la obtención del título de Doctora en Medicina, habiendo sido aprobada con las máximas calificaciones, lo que la convirtió en la primera mujer ecuatoriana que lograba ostentar ese título. Había ganado así una de sus más duras batallas y la había coronado con un éxito sin precedentes.

La siguiente etapa de su vida representa un éxito seguido de una derrota porque Matilde llega feliz a Loja, su ciudad natal, para brindar a su gente los frutos de su carrera conseguida a base de tanto sacrificio y, en realidad es recibida por una población desbordante de entusiasmo que la llenaron de aplausos y hasta arrojaron pétalos de flores en las calles por donde hizo su arribo hasta la casa materna.

Pero poco a poco se fue desgastando su popularidad, especialmente entre ciertos envidiosos colegas que no podían aceptar el éxito profesional de una mujer, y aprovechando la muerte de un paciente que fue operado por otro galeno, al que ella solamente le sirvió de ayudante, echaron tanto lodo sobre su límpida reputación, que la obligaron a emigrar de su tierra nativa.

El gran amor de su vida: Fernando Procel Lafevre ya se había graduado de abogado y trabajaba como ayudante de un juzgado en la ciudad de Machala. Nunca se habían olvidado el uno del otro, pero la situación económica de ambos todavía no les permitía unir sus destinos.

Tan pronto se graduó de doctora Matilde había sido propuesta para ocupar un cargo en la Maternidad de Quito, pero a la sazón ya no había esa vacante y debía buscar trabajo en otro lugar. Su hermano Antonio le aconsejó viajar a la ciudad de Guayaquil donde Matilde logró colocarse como médica auxiliar de una Casa Cuna que funcionaba merced a la filantropía de los guayaquileños.

En esta gran urbe le tocó ser testigo de la represión sangrienta que sufrió la clase obrera de Guayaquil el 15 de noviembre de 1922 e inclusive ayudó a atender a los centenares de víctimas de la terrible represión militar, entre las cuales no faltaron heroínas como Tomasa Garcés, esposa de un dirigente ferroviario quien -desafiando a las fuerzas gobiernistas- junto con sus tres hijos se acostó delante de la locomotora lista para partir y frustró así los planes de las fuerzas represoras de los pobres que por primera vez se ponían de manifiesto en una forma inusitada.

- ¡Las mujeres debemos votar! -le dijo Matilde a su esposo no sólo porque tenemos derecho a ejercer el voto de igual manera que los hombres, sino porque es necesaria la participación de la mujer para ayudar a que mejore la situación política del país.

Su esposo la apoyó en su decisión haciéndole notar que, de acuerdo a la Constitución vigente (de 1906), no existía impedimento legal para que la mujer pudiera ejercer su derecho al voto. Así que, del firme y seguro brazo de su esposo, se presentó ante el Registro Electoral abierto en la ciudad de Machala y solicitó que se inscribiera su nombre en los padrones de los próximos comicios. Iniciaba así una nueva batalla, tal vez la más importante para la mujer ecuatoriana y latinoamericana.

Como es de suponerse, los miembros de la Junta Electoral de Machala se negaron a inscribirla aduciendo que el voto estaba reservado para los varones y que las mujeres nunca habían sufragado.

- No han sufragado porque no han querido -les dijo Matilde pero no porque la Constitución lo prohíba, puesto que el General Eloy Alfaro dejó claramente establecido que los problemas sociales de un Estado deben ser solucionados por todos, hombres y mujeres por igual, debiendo únicamente preparar mejor a la mujer, tanto tiempo relegada a un segundo plano, para que esté capacitada para hacerla.

Ante la insistencia de los esposos Procel para que Matilde constara en los padrones electorales, el Presidente de la Junta de Machala la inscribió con la reserva de que su caso sería sometido al Ministro de lo Interior, Policía y Municipalidades Dr. Francisco Ochoa Ortiz, quien respondió que la Dra. Matilde Hidalgo de Procel estaba en su derecho de empadronarse y sufragar en los comicios electorales, y con ella toda mujer ecuatoriana que cumpliera con los requisitos generales de ser ciudadana en ejercicio, tener 21 años de edad y saber leer y escribir.

Sin embargo, como no faltó la ola de criterios antagónicos que cuestionaba esa resolución a favor de la mujer, se reunió el Consejo de Estado el 9 de junio de 1924 y en histórica sesión dejó plenamente establecido que "el derecho de ciudadanía activa no se le niega al sexo femenino, siempre que los individuos de este sexo sepan leer y escribir y tengan veintiún años".

Como corolario de esta nueva y gran batalla ganada por Matilde Hidalgo de Procel, tenemos que el Ecuador se adelantó a todos los países latinoamericanos en la conquista del voto femenino, pues en el Nuevo Mundo anteriormente sólo lo había logrado Estados Unidos en 1920 y en el Viejo Mundo: Suecia, Nueva Zelanda, Finlandia, Noruega, Países Bajos, Rusia, Reino Unido, Checoslovaquia y Alemania.

¿Todavía le quedaban a Matilde batallas por ganar y por perder...?

Parecía que las había ganado todas, pero aún le quedaba una y ésta se dio cuando fue postulada como candidata del Partido Liberal a Diputada por la Provincia de Loja.

Nunca se vio en Loja un entusiasmo igual del electorado femenino y en general de toda la gente de la ciudad y del campo para apoyar esta candidatura que, como es fácil deducir, triunfó ampliamente en los comicios electorales. Matilde había ganado esta nueva batalla, pero la perdió tras de los bastidores del organismo electoral provincial donde se escondían los eternos enemigos del valor femenino, quienes armaron el fraude de tal manera que al momento de enviar a Quito los resultados de las elecciones realizadas en Loja, Matilde Hidalgo resultó ser sólo la SUPLENTE del diputado principal que lógicamente era un hombre. Se invirtieron mañosamente los nombres de las papeletas y se hizo valer el fraude, aunque todos en Loja supieron que votaron en primera línea por Matilde Hidalgo de Procel. Sin embargo su nombre quedó inscrito en los anales de la historia como la primera mujer candidatizada y elegida mediante voto popular para acceder al Parlamento Nacional.

En adelante la vida de Matilde fue una sucesión de triunfos en la vida política del país. En 1956 recibió la Condecoración Nacional "Al Mérito" en el Grado de Gran Oficial por servicios prestados a la nación como fundadora y dirigente de la Cruz Roja de la provincia de El Oro durante la invasión peruana. En 1959, con motivo del centenario de la Cruz Roja Ecuatoriana, esta institución le impuso otra Condecoración "Al Mérito" con el respaldo del gobierno nacional. En 1971 fue otra vez condecorada con la Orden Nacional Al Mérito en el Grado de Caballero y por su parte el Ministerio de Salud le otorgó la Condecoración Nacional Al Mérito de Salud Pública.

Estas son solamente unas pocas de las muchas distinciones que recibió esta gran mujer que nació en Loja y falleció en Guayaquil a los 85 años de edad, dejando una estela de luz que difícilmente será superada en los anales de la historia ecuatoriana.

Fuente: Relatos de Loja del Siglo XX de Teresa Mora de Valdivieso.

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