Vicente “Cun Cun” Rojas. PDF Imprimir E-Mail

…Personalidad carismática que poseía abundante bondad y sobre todo, dueño de un temperamento y conocimiento extraordinario del arte humorístico.

Nació en la ciudad de Loja, el año 1890. Contrajo nupcias con la señora María Salinas de cuyo matrimonio tuvieron cuatro hijos: Francisco, Máximo, Julia María y Victoria Rojas Salinas. Don Vicente, fue quien prácticamente con su bandoneón (pequeño instrumento con el que premió el Dr. Teodoro Puertas su apasionada afición musical) levantó la borrasca de la fiesta lojana, puesto que en esa época no había conjuntos musicales, incluyéndose en esta actividad también algunos recordados instrumentistas como Don Luís Cuenca, Bernabé Cueva, José María Bustamante y Luís Salinas entre otros.

Fue integrante de la Banda del Ejército "Vargas Torres" acantonado en esta Plaza al mando del Comandante Suárez y de la Banda de la Sociedad "Primero de Mayo". En el Cuartel de Policía sirvió algún tiempo con el grado de Teniente del que penosamente tuvo que separarse, puesto que así lo exigían sus múltiples compromisos musicales que llegaron a ser muy frecuentes.

Dentro de estas actividades asistía también a los muy buenos paseos campestres para los que era siempre solicitado de manera preferente, por el señor José Pío Serrano, persona distinguida que mantuvo una amplia actividad comercial en ese entonces y era visitado continuamente por representantes de diversas casas comerciales del país, quien por su preferente gusto musical organizaba fiestas de verdadero sabor lojano en una finca de su propiedad a poca distancia de esta ciudad.

Las primeras tenidas en las que participaba don Vicente, dieron oportunidad a que la alegría desbordante de algunas familias lojanas, aún de las que nos visitaban participen ya de las posibilidades musicales que la época traía consigo. Cuando era considerado con benevolencia, su entusiasmo era sorprendente e ilimitado, toda vez que en ese ambiente las fiestas se prolongaban hasta las mismas horas de la madrugada, demostrando así su manera incansable de su apego al arte.

La vida era tan funesta para la música que don Vicente la relacionaba con el oficio de zapatería, pues era un maestro de calidad y se ha dicho también que con su "tirapié" al hombro fustigaba siempre por el buen camino a sus adolescentes hijos y a todos quienes mantenían entera confianza con su persona. Por repetidas veces fue propuesto vivir en el Perú, porque quien lo conocía y escuchaba no lo podía olvidar jamás. Sus manifestaciones exteriores eran una verdadera llamarada de alegría.

Un grato recuerdo dejó en el Hospital de esta ciudad, donde se trataba y recuperaba de una sorpresiva enfermedad; allí hizo música para esparcimiento general, por lo que fue estimulado con demostraciones de aprecio y cariño, sobre todo por parte de las religiosas que atendían esa casa de salud. Digno es de mencionarse, que todo esto acontecía cuando nuestra tradicional comarca comprendía de Este a Oeste, las calles Juan José Peña hasta la Sucre; y de Norte a Sur la calle Catacocha y Quito; y el centro de operaciones que a más del lugar donde vivía (Azuay y Bernardo Valdivieso -esquina- casa del señor Nicanor Puertas) comprendía todo el perímetro descrito de la ciudad; y su trabajo era remunerado de la siguiente manera: compromisos sociales S/. 5,00 la hora y serenatas 1 peso, 1,50 y 2,00 sucres.

Cuando murió en el año 1944, a los 54 años de edad, sus restos mortales fueron velados en la Sociedad "Primero de Mayo" y para el cortejo, como un homenaje a la memoria de su múltiple personalidad, se cubrió el ataúd con el tricolor nacional y se puso además el instrumento que don Vicente tocaba. Con su muerte se acabó la fiesta, el baile, la humorada, porque había desaparecido el "coplero lojano" (tenía una sorprendente habilidad para improvisar coplas) y traemos para recordación algunas de ellas: "Se acabaron las congojas porque llega el Cun-Cun Rojas", "Se vende el bautisterio con el cantor Eleuterio", "Se vende la Catedral con el cura Juvenal", "Se vende el Vaticano con el cantor Miguel Cano", "Se vende San Agustín con el "zhoro" Zaragocín", etc. Siempre se lo observó acompañado en las guitarras por Manuel B. Palacios y Carlos Valarezo; y en la bandola por Segundo Márquez. (Lo expuesto lo hacemos con la discreción más respetuosa).

Su contextura física era la de un hombre de 1,60 de estatura, robusto de muy buena salud, pues no había enfermado en la casi totalidad de sus años de existencia.

DR. RUBEN ORTEGA JARAMILLO "UN HOMBRE ORQUESTA". Tanto se identificaba con su bandoneón que, en las jaranas familiares, cuando la alegría estaba en su apogeo, hubiérase pensado que hombre, instrumento y voz hacían una sola pieza. En verdad constituía la única orquesta para bailes que funcionaba regularmente en la ciudad, que se la podía alquilar, contratar y llevar hasta cualquier sitio; el salón enorme bien previsto y guarnecido de las casas pudientes; la tienda a la calle de las familias pobres; la casa de hacienda o casa de campo; el colegio de la ciudad o la escuela de barrio.

A donde se lo llamaba concurría don Tuco, llevando a cuestas la caja que contenía el instrumento; lucía ya algo deteriorado y antañón, cuando lo sacaba de su lecho, terciopelo rojo brillante y afelpado, pero era diferente cuando empezaba a sonar gangoso y melancólico, o dulzón y alegre, según el ánimo de su ejecutante. -Este aparato es como mi cuchara, niños- nos decía a los muchachos curiosos que le hacíamos ruedo y rehusábamos dejarlo, por más que nos lo suplicaba y por enérgicas que fueran las órdenes de quienes lo habían contratado; de alguna manera nosotros, sin que nadie nos invite, nos habíamos integrado a la fiesta; y disfrutábamos de la música, de las ridiculeces que decían y hacían los más ebrios y sobre todo, de la picardía irónica que había en todo cuanto cantaba, quizá improvisado, don Tuco.
 
No se habían importado ni siquiera los primeros radioreceptores; menos, los tocadiscos y amplificadores eléctricos que tanto ruido meten en las reuniones actuales. Armar una fiesta era demasiado sencillo. Era cuestión de estar reunidos un grupo de damas y caballeros, tener algunas provisiones, un poco de licor y una vitrola; o traer a don Tuco con bandoneón y todo. Especialmente con ese enorme bagaje de canciones que había aprendido o inventado y que tanto sabor daban a las fiestas familiares. ¿Que dónde aprendió? Pues, en ninguna parte o aquí mismo. Nadie le enseñó; por eso que le faltaba técnica y escuela, pero le sobraba chispa y humor. Querido y admirado por jóvenes y viejos, don Tuco, siempre estaba dispuesto a tocar y cantar, como nadie podía hacerlo. Por el tiempo que fuera necesario. No enronquecía ni se fatigaba. No siquiera bebía en exceso. -Para que se afine y alegre más, don Tuco- le decía algún entusiasta de la reunión, al mismo tiempo que le ofrecía una copa con humeante canela. Y la respuesta no se hacía esperar: Afinado y alegre estoy; pero me la tomo y brindo porque se alegre y se afine usted caballero. Y cuando, por hacerle recordar su edad avanzada, alguna dama le reclamaba: -Tóquese algo, don Tuco. Como en sus tiempos- la contestación chispeante venía inmediatamente: Pero si mis tiempos y los suyos son éstos, señora.

No existían las grabadoras, pero da igual, no he podido olvidar esas letras de su inagotable repertorio. Inagotable porque tengo para mí que se incrementaba y crecía, con cada vez que salía a trabajar:

"Palomita blanca,
de pecho colorado,
no he visto en paloma
tanto enamorado.
Palomita blanca
de pechito azul,
como eres tan bonita
te quiere hasta Raúl.
Palomita blanca
de pecho café,
no he visto en paloma tanta mala fe.

Yo creo que el matrimonio
siempre es cosa del demonio
Si te casas con Ortega,
ajústale la talega.
No te cases con Calixto
porque es un tipo muy listo;
no te cases con Burneo,
porque entonces no te veo.
Ni te cases con Sarmiento
porque te dará mal viento.

Santo sanjuanito de camisa rota,
dame unos trapitos para mi pelota.
Santo sanjuanito de culí-culí,
sácate los ojos,
dámelos a mí.
Santo sanjuanito
de San Sebastián,
lo mismo es el cura
como el sacristán.
Para qué me diste
papas con ají,
la barriga dice tirulí-rulí.

La mula que me vendiste,
me ha salido muy mañosa,
si le pongo la retranca,
la mula se desbarranca.
La mula que me vendiste
me ha salido muy mañosa,
cuando le aprieto la sincha,
alza la pata y relincha.
La mula que me vendiste
me ha salido muy mañosa,
le pongo la gurupera,
la mula se desespera.

Cuando el hombre llega a viejo.
Todas son tribulaciones:
se le acortan los sentidos,
se le alargan los calzones.
La pobreza y la vejez
hermanas deben de ser;
al pobre nadie lo quiere
y al viejo ni su mujer.
Cuando vayas a casarte
ten mucho cuidado hermano,
hay prendas que dan por nuevas
y son de segunda mano.

 
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06-10-2008
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Lugar :   Teatro y sala de cine de la Casa de la Cultura de loja.