 Michele Dolores Espinoza Ortega En las grandes orquestas del siglo XVIII y XIX los violistas eran considerados violinistas mediocres, sin embargo este instrumento de cuatro cuerdas ejerció un notable poder de seducción sobre Michele.
En una tarde cuando Michele era una niña de trece años fue la primera vez que sus oídos se llenaron de una composición violista, bellos espirales cincelados de un melódico sonido; mientras lo recuerda, se vuelve a calcar en las pupilas de sus grandes ojos la escena: “Cuando descubrí el instrumento fue una cosa que me iba absorbiendo poco a poco, me enamoré y ese amor fue creciendo hasta eclipsarme por completo”.
Profundamente identificada con la viola, cada parte de su ser vibra intentando reproducir un verso en cada sonido de este armónico instrumento de cuerdas frotadas, “la viola me conmovió, yo quisiera que el sonido que pueda dar sea realmente como un poema”
Cuando toca, la viola cobra vida a través de sus ágiles dedos, dejan de ser ambos para ser uno: el instrumento y ella fusionados en una sola fuerza vital. “La música es como una religión, un llamado, debes hacer grandes renunciamientos, la música te exige energía, ganas, esfuerzo, tiempo”, concluye.
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En una orilla encontramos a los músicos de cuna, aquellos que han nacido adornados de genialidad. Es el caso de Menuhin nos comenta Michele, uno de los mejores violinistas a nivel mundial, que cuando niño le acercaron el instrumento y prácticamente lo empezó a tocar pero también piensa que ese don se puede forjar en las personas que con cierta cantidad de talento trabajan fuerte para perfeccionarse en aquello que aman.
Su filosofía: constancia y esperanza, es por ello que dedica cinco horas diarias para ensayos prefiriendo los horarios matutinos y nocturnos, pues “la vista es muy selectiva, tu miras donde quieras mirar, pero no puedes cerrar tus oídos, entonces hay que concentrarse y evitar los ruidos”
Aficionada además a la buena lectura, la natación y los idiomas, Michele Dolores Espinoza Ortega obtuvo el Bachillerato Técnico en el Conservatorio de Música “Salvador Bustamante Celi”, resultando no sólo la mejor egresada en esta institución, sino además en el “Beatriz Cueva de Ayora”, establecimiento de educación secundaria, en el que también fue Abanderada del Pabellón Nacional. Pasó un año en Cuenca recibiendo cátedra de música, lo que la proyectó hacia Venezuela, permaneció en la Escuela de Música Mozarteum y después de dos intentos fallidos por ingresar al Conservatorio “Simón Bolívar” de Caracas, una tercera audición le concedería la tan anhelada inscripción; residenciada en el país bolivariano, cree que el desenvolverse sola en un medio ajeno es lo que la ha llevado a madurar no solo como ejecutante del instrumento sino como persona. En sus propias palabras “tocar un instrumento de cuerda te desnuda, todo lo que probablemente no muestras en la sociedad se devela, se caen todas las máscaras”.
Luchar por conseguir este sueño no ha sido fácil para Michele, en el medio en el que nos desenvolvemos es difícil abrirse campo, especialmente cuando nuestros padres esperan que nos doctoremos en una rama del saber convencional, con todo, su madre nunca dejó de apoyarla, fue un sueño compartido. Michele cree que “la profesión de músico en nuestro medio no tiene la credibilidad ni el respeto que tiene en otros lugares pero debemos dejar a un lado esa manía de estar pensando en la aceptación externa, uno debe estar bien consigo mismo por hacer lo que uno quiere y ama”
Ha participado a nivel orquestal y también como solista, ser parte de la interpretación de “Los Cuartetos de Mozart” junto a instrumentistas de mucho nivel, “ha sido una de las experiencias más bellas y enriquecedoras” de su carrera artística.
Dentro del manejo instrumental admira a Yuri Bashmet, violista ruso, “es impresionante la musicalidad que tiene, ese poder de expresar algo, es difícil explicar, tu lo escuchas y te conmueves, es mi héroe, sus composiciones son el balance perfecto entre fuerza y belleza, un sonido que revienta, que explota pero a la vez tiene una capacidad de ser sutil, una delicadeza para expresarlo todo”.
La vida es una sinfonía, transcurre entre acordes y melodías, a veces alegres, a veces tristes, y en Venezuela para Michele el tiempo volverá a tocar las notas de la añoranza, pues para ella “si bien Loja no es la ciudad sofisticada con un montón de tecnología, es poseedora de una tranquilidad que realmente vale oro”.
Su próxima meta es Holanda, esperamos de todo corazón que esta talentosa joven de veinticinco años triunfe en aquellos lejanos lares para orgullo y complacencia de esta “Cuna de Artistas. Capital Musical del Ecuador”.
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